Ciudadela. Fortaleza, muro, base sólida. Vivo frente a una Ciudadela con forma de estrella, suelo frecuentar el lugar no solo por la belleza natural que contiene sino por los muros y construcciones a piedra que la envuelven. Palabra inspiradora. Rodear la Ciudadela es una experiencia. Meterte en ella y cruzar la ciudad. Caminos que se interponen. Líneas diagonales, perpendiculares, paralelas. Muchas de ellas, entrelazadas.


En La Ciudadela de A. Cronin aparece Cristina, mujer del médico Andrés Manson. Movida por el amor que le tiene, guiará a Andrés ayudándole a reconducir su camino. No podrá dejarlo, ella siente la necesidad de ser como esa ciudadela, esa fortaleza para él. Todavía más, en las circunstancias duras de la vida. Cuando nadie lo haría, ella sigue ahí. Fiel. Permanente. Abnegada. Resistiendo. Mirando más allá del presente. Porque quiere.


Pienso a menudo que ser como una ciudadela es una actitud personal ante la vida, ante los demás, ante quien está a nuestro lado. Todos necesitamos que nos sostengan, nos apoyen, caer en brazos de alguien. Descansar en ellos. Pero también los demás lo necesitan. Es algo recíproco. Convertirse en ciudadelas es ser más humanos. Sin embargo, para construir una ciudadela no sirve cualquier material. El camino, apostar por los materiales duros. Sólidos, resistentes, fuertes.
Construir la propia fortaleza para ser fortaleza de los demás. Piedra sobre piedra. Hasta elevar un muro. O un castillo donde puedan apoyarse. Donde puedan reposar, coger aire, y volver a la realidad. Esa es la clave. Hacer como Cristina.











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