Las olas se acercaban suavemente. Paz. Esa era la sensación que nos envolvía el mar de San Sebastián. Decidimos quitarnos los zapatos y también los calcetines. Pisar la arena con la planta de los pies. Suavidad. Compañía. Sigilo. Noche.
Avanzamos hasta la orilla del mar. Las olas no cesaban su movimiento, pero no tenían casi fuerza, estaban extenuadas. La iban perdiendo a medida que se acercaba una nueva ola. Ola. Ola. Ola. Cada vez con menos ímpetu. Con más silencio. Han debido de trabajar duro, pero ha llegado la hora del reposo. La oscuridad menguada por la luz del cielo, y los focos de las farolas. San Sebastián. Playa de la Concha.
Mojé mis pies descalzos en el agua tibia. Sentí la tierra y el agua a la vez. Me acordé de aquel consejo que me dio una vieja amiga de saber vivir el momento presente, percibir la sensación y disfrutarla. Carpe diem.
Levanté el rostro y proyecté la mirada en el límite del mar. ¿Qué límite? Palpé sin explicación la infinitud: pasado, presente, futuro. Era todo movimiento. La vitalidad de la naturaleza envolviéndonos a mis amigas y a mi. Las olas nos habían reunido esa noche allí.
El proceso de la naturaleza no cesa. Tampoco nuestra amistad. Siempre avanza, pero contiene el pasado y el futuro en su presente. Ocurre lo mismo con el mar. Pensé en esa fuerza inexplicable que es el movimiento. Pero las olas no solo se mueven, sino que nunca dejan de hacerlo. Sin embargo, en su movimiento intrínseco descansaba el reposo. La calma en su máxima expresión.
«Tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes» (Aristóteles)








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