Verlas una junto a otra, pegadas, sin apenas espacio entre sus cuerpos /pelaje de animal, mirando fijamente a la cámara: me impresionó. Sin embargo, tan solo eran vacas. El objetivo de la cámara se dirigía a ellas pero no posaban, sino que permanecían quietas, y nada de lo que hacía las perturbaba. Estaban embobadas. Atontadas.
No me había parado a pensar en ello hasta que esa tarde de noviembre las miré fijamente a sus pupilas negras. No hacían nada. Alineadas, sin mostrar ningún afán por diferenciarse. Identificadas con números, de sus orejas colgaba un plástico con el número que pertenecía a cada una. 33033, 33034, 33035… y así hasta terminar la serie.
La alineación de la especie. Me acordé del fenómeno de «la masa» que estudié en mis años de periodismo. Era una masa blanca con manchas negras. Pensé que en ocasiones los hombres también podemos actuar así, como animales alineados. Como seres que no hacen nada por sí mimos, sin pizca de convicción, sin dar un paso al frente.
Decisiones. Eso es lo que nos diferencia a los seres humanos. Nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos, de decidir, de tomar caminos. Porque tenemos inteligencia y voluntad. Porque esas facultades nos hacen ser «animales racionales», como dijo un día Aristóteles.


Fotografías tomadas en el Bosque de Orgui (Navarra). Noviembre, 2016.




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