Luz que parpadea entre la oscuridad invasora y trae consigo una especie de calma en medio del atardecer invernal: su intensidad destaca en la noche.
Eran dos almas primas hermanas pero cuando se dio cuenta no era tarde: se trataba de alguien con quien hacía mucho tiempo no hablaba con calma, en ese clima de confianza que reinaba, en ese contexto íntimo que les pertenecía y que de modo natural fluía entre los dos. De pronto, una llamada telefónica los volvió a unir, de forma tan radical, que parecía que la distancia y el lugar que los separaba no importaban en absoluto. El mutuo conocimiento, fruto de tantos años de cercanía, traspasaba fronteras, y se tenían presentes el uno al otro, no por una mera presencia sino que incluso eran capaces de meterse dentro de la mente del otro.
– ¿De qué te ríes?- le preguntó inocente risueña-.
– (Más risas). Me haces gracia, todo lo que cuentas y cómo lo cuentas.
-Estás fatal.
-Tú más.
Después de largo rato al teléfono, de conversación confiada, de risas y silencios…
– Bueno, que me ha encantado escucharte… y sigue disfrutando tanto de la vida.
-Tu también. Gracias por todo.
Luz que parpadea entre la oscuridad invasora y trae consigo una especie de calma en medio del atardecer invernal: su intensidad destaca en la noche hasta transformarla en día.
Ella ya tenía su luz. Él ya tenía la de ella. La compartían, eran dos luces que se hacían una, inexplicablemente. Veían de forma intuitiva, dentro de sí, una luz que los cegaba, que les indicaba que no estaban solos, por muchos kilómetros que los distanciaran, por mucho tiempo que hubiera transcurrido sin verse: se habían transmitido una luz que nadie podía transmitir igual, y, transformados, volvían a la realidad inmediata. Cada uno a la suya, pero algo había cambiado: poseían la luz del otro.




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