CALLEMOS PARA SIEMPRE

Entre copas de árboles a la vista de un mirador vislumbré el río de la ciudad y pensé en esa continuidad particular de los ríos, esas corrientes naturales de agua que fluyen iniciándose en un punto y finalizando en otro; que nacen, corren, disminuyen su velocidad, reposan, y siguen surcos hasta llegar a la mar. O desembocan en un lago. Sea en un mar, sea en un lago, esas corrientes desembocan. Un inicio y un fin, una continuidad permanente que, como segmento entre dos puntos, traza un recorrido. Esa fluidez continua de los ríos me llevó directamente a esa continuidad existente en las relaciones humanas.

Relaciones que fluyen, de modo natural, iniciándose en un punto y terminando en otro. El ser humano posee la capacidad de constituir vínculos afectivos perdurables en el tiempo hasta que la muerte separa a un yo de un tú. Sí. Se trata de una experiencia humana, o incluso, algo más que una experiencia, ya que la capacidad de ser un yo enlazado a un tú la trasciende: el vínculo establecido entre dos personas supera los hechos, el tiempo, el espacio hasta dar con un más allá, un estado, no físico, una certeza que sacia lo más íntimo de un ser humano: soy conocido, soy amado por otro sin atisbar tan siquiera el porqué. Y, al mismo tiempo, sé que conozco y amo al otro.

El ser humano nace para vivir sí, pero la vida sin amar y ser amado no es vida. Las relaciones profundas arman de sentido, colman los más hondos huecos “insaciables”, marcan la existencia, transformándola. Más aún, una persona sin sus relaciones afectivas no logra explicarse cien por cien a sí misma: No soy yo, soy yo y soy tú. Paradoja. Y esto no es un hecho, de facto, es una realidad intrínseca difícilmente transmisible con palabras, pero no incomprensible, ni por ello, menos real que un hecho comprobable, verificable científicamente.

Los hechos se comunican, y si son es porque son reales, verificables como verdaderos. Si no son, son falsos, y por tanto, verificables cómo no-verdaderos. Nuestras expresiones lingüísticas, por ello, interpretan y descifran el estado del mundo de tal modo que si decimos A está en casa de P, siendo A y P dos personas reales, podemos comprobar la realidad de A acudiendo a casa de P. La verdad no está en el lenguaje sino en el hecho, sin embargo, el lenguaje nos aproxima al hecho, en su verdad o falsedad.

Pero, entonces, ¿cómo expresar lo que no es decible al modo de un hecho? ¿Cómo he sido capaz de hablar del amor, del vínculo entre dos personas, si ese supuesto vínculo no se puede verificar? De aquello de lo que no se puede hablar, lo inefable, es mejor callar, decía Ludwig Wittgenstein.

Este filósofo distinguía entre lo pensable, como aquellas proposiciones con sentido, que descifran la realidad porque en sí mismas contienen su principio de verificación; y lo impensable, por ser inefable, por no poseer la capacidad de manifestarse en el mundo del mismo modo que, por ejemplo, se manifiesta la lluvia impactando contra el césped. Esas gotas de agua están ahí, y se pueden tocar. En cambio amar a alguien no alcanza a tocarse. Con lo cual, el amor entre dos personas estaría, según Ludwig, dentro de la columna de lo impensable: sería un sinsentido hablar de ello.

Mas si realmente no tiene sentido hablar del amor, ya que la palabra “amor” no puede tocarse, verse, tan siquiera comprobarse, callemos para siempre, y no expresemos nuestros sentimientos jamás. No digamos nada aunque de alguna forma pensemos que amamos a alguien. A ver si de hecho aguantamos  la vida entera en silencio. Censuremos los “te quiero” de nuestras mentes, ya que esas palabras se nos escapan de la realidad.

Sin embargo, precisamente porque el verbo amar se nos escapa de la realidad, en el sentido de que no es posible calcular de forma probable cuánto amor se da y se recibe, existen palabras y construcciones lingüísticas que remiten a una verdad aunque sus correlatos reales no se vean, huelan, toquen, oigan ni palpen de modo alguno por medio de los sentidos. Se trata de verdades captadas por la inteligencia,  más allá del límite sensible. El amor es una verdad de este tipo.

Sí. ¿Si no cómo explicamos lo reconfortante de un abrazo entre un padre y su hijo cuando, tras ese abrazo, ambos no se vuelven a ver? ¿Cómo explicamos que el porqué de una acción busque la felicidad de los demás por delante de la propia? ¿Es que acaso debe ser un hecho empírico que dos personas se amen y sigan amándose? Es cierto: no se verificará, pero eso no implica que no sea real. La continuidad del vínculo a lo largo del tiempo, no puede palparse al modo de cómo se palpa el resultado de un experimento químico a lo largo del tiempo. Sin embargo, tanto en uno como en otro la continuidad se da. Existe.

El experimento continúa mientras se da, sigue un proceso. Los lazos entre los seres humanos continúan, y también, trazan una dirección. Lo inefable como son los lazos del amor no son descriptibles al modo en que se describe el fluir de un río al paso de una montaña. A veces habrá que callar al amar, porque no harán falta palabras para saber que se ama, pero a veces no, y no por ello, las palabras empleadas serán un absurdo.

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6 de marzo de 2017, Filosofía del Lenguaje. (Ensayo II)

Ensayo en base a la lectura de: L. Wittgenstein: Prólogo al Tractatus Logico-Philosophicus (1922).

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