Me tiré del tobogán, de aquel familiar tobogán del parque contiguo a la plaza del pueblo y sentí una satisfacción enorme al tocar tierra. Pero no fue pan comido, subir las escaleras supuso toda una hazaña, aunque tuviera la agilidad ligera de una niña de siete años. Peldaño a peldaño conseguí llegar arriba, y deslizarme suavemente pero con una velocidad imperceptible. Y volví a hacerlo, una vez más, a tirarme de nuevo. Y otra, y otra. Me gustaba llegar al final del tobogán, y en ese caso, tampoco me planteaba por qué. Pero no importaba. Simplemente repetía los pasos para alcanzar el fin.
Ahora que han transcurrido quince años desde aquella tarde de juegos infantiles abro los ojos, vuelvo sobre ese recuerdo, y examinando la imagen pienso que llegar al suelo, tocar tierra, esa sensación que quedó tras el rápido desliz del tobogán es algo parecido al camino personal que cada uno recorremos para hacernos con la verdad.
Se trata de un recorrido de índole personal en el que los kilómetros van sumándose piedra a piedra, y en el que nunca estamos solos. Ese camino lo transitamos todos los hombres por nuestra común forma de estar en el mundo, que no es otra que vivir con la posibilidad de captar lo que hay de verdad en las personas, en las acciones, en los pensamientos, en definitiva, en la realidad. Queremos saber los porqués. Y no nos conformamos con sobrevivir. Porque deseamos saber, comprender y, por consiguiente, no dejar de progresar en nuestro conocimiento. Manifestación de ello es que no podemos detener el proceso reflexivo, y de una forma u otra, nunca dejamos de pensar sobre nosotros mismos y el mundo.
El ser humano avanza por la vida, como los granos dentro de un reloj de arena, de forma progresiva. Un día más equivale a la vivencia de nuevas experiencias que implican un aumento en el contador personal de kilómetros. Si bien, aunque sumemos en experiencia, la satisfacción varía cuando, a diferencia de una consecución de hechos que no dicen nada, de pronto una vivencia sacia la inquietud con luz nueva porque logra aproximarse a la meta de la verdad, iluminando la oscuridad que antes existía en el interior de uno.
Ese alumbramiento, además, trae consigo un efecto: seguir buscando, volver sobre la vivencia, más y más, profundizando, sin miedo a quedar atrapado en sus manos. Sí. Una vez entendemos, no nos paramos, ahí, en ese punto, porque deseamos comprender mejor si cabe ese descubrimiento. Sin embargo, aunque toda razón humana posea la facultad de convertirse en un pequeño o gran explorador, lo radical y, en mi opinión, lo inaudito de la verdad es que ella está ahí, como esperando a ser descubierta, ya que es independiente, como creía el filósofo Charles S. Pierce, de lo que nosotros o una mente cualquiera pueda pensar.
Espera, y no se cansa de esperar. Ese explorador entonces por medio del faro de la investigación y el foco del inter diálogo progresa en sus navegaciones, en alta mar, y llega a buen puerto. Profundo estudio y conversación entre iguales son dos puntos clave que explican que exista el consenso, que provoca que una afirmación sea válida para dos que tres, para tres que cuatro, para una mayoría, e incluso, para todos. Pero, entonces ¿de qué depende nuestro acierto? y ¿por qué en muchas ocasiones divergimos y no llegamos al consenso?
Es lógico: caben los errores, porque toda mente humana, aunque poderosa, también posee límites y debilidades. Al fin y al cabo, no somos dioses: opinamos, interpretamos, y solo en ocasiones, acertamos. Pero somos capaces de acertar. Si bien, del mismo modo que se dan diversos razonamientos que interpretan hechos y formas de actuar, e incluso, formas de ser, también se dan de entre todos los posibles enfoques posibles, algunos más profundos y completos, que analizan mejor porque se aproximan a lo que las cosas son. En este sentido, las opiniones pueden oscilar entre la verdad y la falsedad, encontrándose estas últimas a mil kilómetros de distancia de lo real.
Lo real es accesible, está ahí, y por poseer lógica y razón podemos conocerlo, y por consiguiente opinar con verdad. Caben errores y caben aciertos, por tanto, e incluso me atrevo a afirmar que los errores que creíamos aciertos sirven de piedra de apoyo para continuar andando, es decir, pueden funcionar para llegar a ese “buen puerto”, si los contrastamos con otras formas de pensar, si conversamos, si en definitiva, reflexionamos nosotros y escuchamos a los demás. Entonces se da consenso, nuestros aciertos coinciden con los de otros, los compartimos sintiendo satisfacción. Llegamos al suelo, tocamos tierra, y experimentamos esa sensación que queda tras el rápido desliz del tobogán.

16 de marzo de 2017, Filosofía del Lenguaje. (Ensayo III)
Ensayo en base a la lectura de: J. Nubiola: «Pragmatismos y relativismo: C. S. Peirce y R. Rorty», Unica II/3 (2001), 9-21.




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