CARTA A MI PRIMO

Querido J,

La vida está esperando. A ser descifrada, conquistada, abierta por la llave de la filosofía. Llámala filosofía o como quieras, pero no me niegues que todos amamos saber, que todos necesitamos de esa pomada para cerrar heridas, que agrietadas no terminan de sanar. Tú mismo me lo enseñas cuando conversamos: me escuchas, te escucho y nuestras inquietudes de atardecer componen melodías eternas, sobre las que retornamos de un modo u otro, sin hartarnos.

Si la llamas filosofía mejor que mejor, aunque no seas filósofo. Porque en efecto, aunque arquitecto y aunque lo desconozcas, paradoja, tú también eres filósofo. Creo que todos los seres humanos nacemos con una cicatriz en el corazón de la que ninguno ha podido todavía escapar. La inquietud y el asombro han corrido, corren, y correrán por nuestras venas sin detenerse jamás, o al menos hasta que el corazón un día deje de latir. Esa es la forma de ser que nos pertenece, J.

Anhelamos saber quiénes somos, cómo somos, por qué somos, y para qué somos. Anhelamos poseer nuestra identidad personal y descubrir su sentido, ya que sin un porqué no hay un efecto, no hay una acción que se explique o que explique la siguiente. Deseamos forjar nuestra historia que, arraigada en el pasado y con vistas al futuro, pende de un hilo continuo. En absoluto el hoy se explica sin el ayer. Y en cuanto al mañana, deseamos cerrar bien esa puerta que se abrió invitándonos a vivir; pero para concluir el proceso vital debemos vivir sin volar, milímetro a milímetro, de manera que antes de partir dejemos los cabos atados y los entreguemos a quienes nos sigan.

Somos así, querido, no nos contentamos con respuestas eficaces y rápidas, con soluciones de manual acerca de los temas que más nos importan. Pero, la cultura actual huye de esos temas y decididamente busca respuestas rápidas usando los atajos más sofisticados. Sin embargo, nadie sabe hasta qué punto nos afecta la propia vida y las vidas ajenas. Y con el tiempo, comprobamos no lograr evadirnos del todo de esas cuestiones que, como moscas pesadas revoloteando, rondan en la cabeza y, en ocasiones, estorban al corazón.

Cantamos, escribimos, componemos poesía, teatro, dibujamos, coloreamos, creamos. Reposamos observando el firmamento asombrados por el florecer de nuevas estrellas. Leemos. Escuchamos música. Contemplamos el fuego, el mar, el movimiento. En silencio abrazamos y somos abrazados. E incluso hay quienes rezamos. ¿Y no son todas esas acciones fruto de nuestros porqués existenciales? ¿Acaso no son preguntas? Calla y contempla. Déjate invadir por ellas, desarmado, rindiendo el pulso al desasosiego. No tengas prisa, ya las iremos contestando. Entre los dos. Entre todos. Ojalá me ayudes.

Sí, filósofo, ese conjunto de interrogantes son los tuyos y los míos. Se trata de las grandes cuestiones humanas, y la filosofía no ha venido sino a recordarnos que requerimos de ellas, o más bien, que ellas, las preguntas, necesitan de nuestra reflexión, original y personal, para avanzar si cabe hacia una mayor posesión de la propia identidad y de la identidad humana. La filosofía, te decía, es tu llave, y la mía, y la de todos los que habitamos el planeta tierra.

Si bien, aunque la posesión de la llave nos otorgue la posibilidad de abrir diferentes puertas, recorrer sus pasadizos y conducirnos a otras, en ocasiones prescindimos de ella, subestimando su uso. Le damos la espalda, sin querer saber nada de su existencia. De este modo nos comportamos los seres humanos cuando dejamos pasar las dudas optando por la evasión, cuando no profundizamos en lo que nos inquieta de verdad; y así, transcurren nuestros días, simplemente nos mantenemos entretenidos. El hacer sustituye al pensar, el ver al contemplar, el opinar al saber.

¿Sabiduría o qué propósito? ¿Qué queremos? ¿No es acaso la filosofía el amor al saber? Explícame quién no gustaría de conocer más acerca de sí mismo, de su mundo, de los suyos. ¿Quién, J, quién? Es cierto que no todos poseemos el mismo grado de inquietud y asombro, y en efecto, hay personas que por naturaleza profundizan en mayor nivel, pero insisto: somos todos pequeños filósofos. Perdona si te cansas de leer la palabra filosofía, perdona si en ocasiones no te he dado las gracias por enseñarme a filosofar, perdona mi inquietud insaciable, del todo inevitable. Y gracias por despertar en mí el asombro, ese amor por el mundo, por el ser humano, por lo eterno.

“¿Qué es esa cosa llamada filosofía?”, se cuestionó W.V Quine. También se preguntó si esta había perdido el contacto con la gente. Es cierto que la filosofía ha evolucionado, y en múltiples momentos históricos bañada de tintes científicos se ha desviado de su principal propósito, porque ha modificado su método, provocando incertidumbre y confusión en unos, y en otros, una fe ciega en ese método determinado. Sí, se optó por otros métodos: el empirismo, el idealismo, entre otros, y una de las causas que condujo a estos cambios en el modo de filosofar fue el racionalismo cartesiano que fundamentó el pensamiento en la razón. Idealismo y empirismo, opuestos al racionalismo, luego llevarían al cientificismo como único modo de conocimiento posible.

Sin embargo, los cambios que ha padecido la filosofía no implica que haya dejado de ser accesible, o que haya perdido cercanía con el público. Ni tampoco que haya dejado de ser lo que es. Han cambiado las entradas del camino, pero no el camino. Ahí está la cuestión.

Gracias a los desvíos de las grandes cuestiones por centrar el foco en otras, se ha podido dialogar, se ha podido pensar de forma diferente, se han abierto otros caminos, y creo que, en absoluto el filósofo ha olvidado cuestionarse lo esencial. Gracias a las nuevas entradas, a los métodos diversos abordados, el camino focal ha podido complementarse con otras ramas del saber como la biología, la investigación lingüística o la lógica matemática, y así, enriquecida, la filosofía nunca ha huido de sí misma, porque jamás ha dejado de plantearse preguntas y buscar respuestas.

Tal vez hayamos sido nosotros los que hemos salido por patas. Por miedo, por dejadez, por no querer pararnos a pensar. Creo que el acierto de Willard Quine fue el hacerse preguntas, pero su error en algún caso se dio en el orden del planteamiento: no es que la filosofía haya perdido contacto con la gente sino que somos nosotros, la gente, los que hemos perdido contacto con la filosofía, cuando hemos decidido arrojar la llave por la alcantarilla. Ojalá tú y yo no lo hagamos.

Tu prima,


30 de marzo de 2017,  Filosofía del Lenguaje (Ensayo IV)

Ensayo en base a la lectura de: W. V. O. Quine: «¿Ha perdido la filosofía el contacto con la gente?» (1981).

Fotos de portada: Unsplash.

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