¡MATEMOS AL PEZ!

El río brillaba desde lo lejos. Era una tarde calurosa de agosto y a cierta distancia, pisando rocas, descalza, me aventuré a la pesca. Estaba con mis hermanos, disfrutando del reflejo del agua cristalina y del calor del sol y de la brisa de la sombra. Luces, transparencia, compañía cómplice y unas tres cañas de pescar. La manilla la movíamos con gracia y cuando parecía que había pez gordo era el momento de tirar con fuerza para que el hilo se tensara dejando actuar al anzuelo. Ya teníamos nuestro primer pez.

Abrí los ojos y volví al instante inmediato: aquel recuerdo de infancia, aquellas cañas de pescar y los peces escurridizos me dieron la solución a mis pensamientos, y logré entender a aquel filósofo de nombre Friedrich, más conocido como Nietzsche o «el último hombre». Empecemos por mis pensamientos. Y continuemos por los de Nietzsche.

¿Por qué podemos expresarnos? ¿Por qué utilizamos palabras? ¿Cómo se conectan nuestros pensamientos con el mundo? ¿Son las palabras las que logran tal conexión? Mi cabeza no cesaba de rondar sobre estas preguntas mirando asimismo el jardín de casa. «Cuando pienso en un árbol me lo imagino pero no vienen a mi cabeza las letras de la palabra árbol » , me dije a mí misma contemplando el pino y cerrando luego los ojos para no verlo. Sí, pensamos con conceptos y las palabras no son más que los signos visibles de esos conceptos, que se entremezclan con la propia imaginación. Entonces entendí: el pez que pescábamos era el objeto real y la caña, por una parte era el pensamiento, y por otra, el lenguaje. Claro.

¡Había encontrado la conexión entre pensamiento, lenguaje y mundo! El pez estaba conectado directamente con el hilo  —las palabras —y al hilo —las palabras, el lenguaje— llegaban de inmediato a la manilla. ¡Por eso, podíamos pescar! ¡Por la conexión entre las partes! ¡Y por eso, podemos expresarnos y entendernos! ¡Por la conexión isomórfica de las partes de un todo!

El anzuelo entre nuestros pensamientos y las cosas son las palabras. El hilo de la caña me permitía del pez como me permiten las palabras designar objetos. De pronto, entusiasmada y volviendo una y otra vez sobre los recuerdos pesqueros, pude comprender el isomorfismo del que hablaba Bertrand Russell: el mundo posee una forma lógica y el concepto refleja el mundo. Paradójicamente, también comprendí a Nietzsche. Pero este, a diferencia de mis hermanos, no quería pescar el pez gordo sino matarlo.

«Dios ha muerto», afirmó Nietzsche. ¿Qué ocurre con lo que no podemos tocar, ver u oler? ¿Acaso no puede pensarse? Para el filósofo alemán, Dios era un absurdo por tratarse de un objeto inexistente y por ello la palabra Dios era un concepto sin sentido. Como consecuencia, alegó por una desconceptualización del lenguaje, ya que este, el lenguaje, solamente tendría sentido si se refería a objetos materiales. Por tanto, los conceptos absurdos había que hacerlos desaparecer: matarlos de una vez para siempre.

«La razón en el lenguaje: ¡Oh qué vieja mujer tramposa! Temo que no seremos capaces de desembarazarnos de Dios, porque creemos todavía en la gramática…»(1). Sin embargo, pese a lo absurdo de la idea de Dios y de todas aquellas ideas o conceptos sin remitente real, Nietzsche se dio cuenta de que la gramática, por funcionar de modo morfosintáctico, era la principal enemiga para la lucha contra el concepto que quería el pensador.

El lenguaje gramatical es lógico y sus signos también: las palabras remiten a objetos y estos se piensan con conceptos, y por ello, las expresiones gramaticales pueden analizarse —tanto en su forma como en su función —. Friedrich N. pretendía escapar del concepto pero se topó con la gramática: una barrera díficilmente superable. ¡Desconceptualicemos el lenguaje!, gritaría «el último hombre». ¡Terminemos con la gramática!, chillaría.

Nietzsche no solo quería huir de la gramática por sus conceptos sino que su principal propósito era la matanza del pez: la matanza de Dios, y con ella, la de todos aquellos peces «inexistentes» como el amor, la amistad, la sinceridad o la generosidad. «¿Qué son esos términos?», interpelaría enfurecido. «¡No son nada! ¡Son nada! ¡No son!», contestaría con ímpetu tranquilizando su conciencia. «¡Matemos al pez!».

Pude comprender volviendo de nuevo sobre aquella imagen de atardecer en agosto que si Nietzsche hubiera estado ahí, en vez de mis hermanos, no solamente hubiese cortado la caña de pescar, rompiendo el hilo con una navaja, sino que también hubiera matado al pez. Tal vez con el anzuelo. No hubiéramos pescado nada.

 


(1) Cita contenida en El Crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo, NIETZSCHE, Friedrich (1889).

Último ensayo para Filosofía del Lenguaje. Escrito el 13 de mayo de 2017.

 

(Foto de Unplash)

 

 

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