La noche reclama la calma que el día no puede dar. El atardecer mengua la luz que el amanecer, una vez más, ha querido regalar. Allí, en ese parque, hallo miles de contrastes:
Quietud que invita a la contemplación. El aire frío envuelve a los que posan su mirada en el cielo del atardecer. Ese cielo capta su atención sacándoles del tiempo inmediato. Y, a la vez, movimiento en todas direcciones. Me fijo en los runners, que aumentan y disminuyen la velocidad. Corren sobre tierra húmeda, liberando tensión.
Quietud y movimiento. Paseantes sin prisa y corredores que no se detienen. Miradas y juegos. Silencios y palabras. Naturaleza y cultura.
Edificios que envuelven el paisaje. Caminos que se cruzan. Padres e hijos. Cielo y tierra. Luz y oscuridad.
Claros-oscuros. Tonos de verde. Troncos ancestrales y hojas que caen. Rosa en el cielo azul. El día va apagándose hasta convertirse en noche.
¿Dónde estoy yo? ¿En la quietud o en el movimiento? Sigo corriendo hasta que decido disminuir la velocidad, pararme, y contemplar todos esos contrastes que logran cautivarme y meterme profundamente en la realidad de mi vida. ¿Acaso no está también llena de contrastes? Tras pararme, me infiltro entre los demás runners de nuevo, cojo ritmo y vuelvo a correr sin detenerme hasta llegar a mi destino.

Foto: La Ciudadela de Pamplona, 21 de noviembre de 2017.




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