LOS SALMOS: UNA RELACIÓN PERSONAL

En El concepto de amor en san Agustín[1] Hannah Arendt, tratando el tema del amor como un tipo de anhelo, alude al “deseo perpetuo del hombre de pertenecer a algo que le es extrínseco”[2]. Y en cuanto a la esencia del hombre afirma: “Si pudiera decirse del hombre que tiene alguna naturaleza esencial, sería el hecho de no ser autosuficiente. De aquí —concluye Arendt— que el hombre se vea empujado a quebrar este aislamiento por el amor”[3].

Ya san Agustín contemplaba al hombre en su aislamiento como algo que no puede soportar. Por eso, no se puede explicar plenamente al ser humano sin sus amores. El ser humano tiene tanto de persona como de apertura puesto que ser personal equivale a relación. Cada uno es un quien en relación, de modo que cada persona es alguien abierto al otro con el cual está vinculado: un “yo” es siempre una vinculación. Se trata de una verdad a la que accedemos intuitivamente.

Por tanto, la relación es algo de carácter sustancial en el ser humano. Y, al mismo tiempo, un misterio: la persona no puede explicarse desvinculada de los demás ni de Dios, de tal modo que se aferra a lo otro distinto de sí por naturaleza. Los vínculos nos constituyen. La diferencia es que la relación con Dios es todavía más radical por ser su Creador y, como tal, el ser humano puede hallar mayor sentido sobre su propio yo que desde su relación con otras personas.

Volviendo a san Agustín, este se refiere en muchas ocasiones al “Dios que fluye por nuestro interior”. En este sentido, el ser humano puede llegar a Dios por medio de su intimidad descubriéndose como ser dependiente: dar con su sentido personal desde una relación con su Creador. Hablar con Dios desde la intimidad, desde el yo. Como hizo el rey David con sus cánticos poéticos de alabanza a Dios conocidos como Salmos de David “por ser David el personaje al que más composiciones se le atribuyen y gozar en la tradición de Israel de fama de buen músico y poeta”[4].

Tras esta breve introducción de la mano del pensamiento agustiniano trataré de abarcar la relación del hombre con el Dios personal por medio del libro de los Salmos. Pondré el foco sobre el corazón del rey David que se dirige a su Dios (Elohim para designar a Dios o Yhwh que significa Señor) a través de poemas, sobre todo, fijándome en la relación entre David y Dios. Se trata de poemas que en el fondo son cantos de alabanza y súplica, muchos de ellos de inspiración divina y algunos proféticos como el famoso Salmo 22 Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? que Cristo clamó al Padre desde la cruz antes de su muerte.

El libro de los Salmos forma parte del Antiguo Testamento y se encuentra dentro del marco de los Libros proféticos y sapienciales. Un total de ciento cincuenta composiciones que pertenecen a distintos géneros literarios componen el libro, entre los cuales se hallan los salmos de súplica (súplica individual y súplicas comunitarias), los salmos de acción de gracias (acción de gracias individual y acción de gracias comunitarias), los himnos o salmos de alabanza (himnos al Dios creador y salvador, himnos a la realeza de Dios, himnos al rey e himnos a Sión) y, por último, los Salmos sapienciales.

Las múltiples expresiones de oración de los Salmos se encarnan a la vez en la liturgia del templo y en el corazón del hombre. Tanto si se trata de un himno como de una oración de desamparo o de acción de gracias, de súplica individual o comunitaria, de canto real o de una peregrinación o de mediación sapiencial, los salmos son el espejo de las maravillas de Dios en la historia de su pueblo y en las situaciones humanas vividas por el salmista[5].

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, los salmos reflejan lo vivido en el corazón del salmista. Dirigidos a Dios, ante todo, expresan una búsqueda del cumplimiento de la Ley Divina como guía para el pueblo israelita. En el fondo, se trata de cantos que expresan alabanza, agradecimiento, súplica y lamento, y todos ellos dejan entrever ese vínculo inseparable entre el corazón humano y el Corazón divino; una conversación poética del hombre con su Dios y Señor.

El corazón humano rompe a cantar de júbilo con las alegrías y hazañas del pueblo de Israel y se entristece con el mal y toda una gama de sentimientos se tornan poemas, de alabanza y súplica respectivamente, para Dios, poemas que narran la historia del ser humano en tiempos del rey David. Y ya no solo la historia, sino que narran sobre todo “las maravillas de Dios en la historia de su pueblo” desde la época de la monarquía hasta la última etapa del Antiguo Testamento. “Cada salmo, además, es una composición completa en sí misma, que expresa quién y cómo es Dios para el orante, cómo este se comprende a sí mismo y al mundo que le rodea ante Dios, y cuál es su relación con Él”[6].

Los ciento cincuenta salmos revelan no sólo la actuación de Dios con su pueblo o la soberanía universal del Dios de Israel sino también cómo el hombre es definido en los salmos por su relación con Dios y su capacidad de elección entre vivir en la presencia divina o al margen de Dios. Me he fijado en particular en dos aspectos sobre este último punto: la unión del hombre con Dios y en el Dios personal. Veámoslo con ejemplos.

Por ejemplo, el Salmo 63 expresa ese diálogo del hombre con el Dios personal desde la intimidad: “Oh Dios, Tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de Ti, por Ti mi carne desfallece, en tierra desierta y seca, sin agua. Por eso te contemplo en el Santuario, para ver tu poder y tu gloria. Tu misericordia vale más que la vida, mis labios te alabarán (…)”[7]. Los versos de este canto siguen, elevándose el corazón hacia una mayor unión en esa búsqueda: “En el lecho me acuerdo de Ti, en las vigilias de la noche medito en Ti; porque Tú eres mi socorro, canto gozoso a la sombra de tus alas. A Ti se aferra mi alma, tu diestra me sostiene (…)”[8].

Otro ejemplo ilustrativo del vínculo profundo entre David y Dios es el famoso Salmo 23 en el que el corazón de David se abandona en Dios, descansando en Él aludiendo a la imagen de un pastor: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía; reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas por honor de su Nombre”[9]. Los versos expresan confianza en Dios, ausencia de temor ante las dificultades gracias a la compañía de un Dios protector, un Dios bueno y cercano que nunca abandona a los suyos: “Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan (…)”[10].

Como estos ejemplos hay tantos otros que muestran esa profunda y radical relación del corazón humano con el del Creador. El ser personal necesita abrirse a la trascendencia para descubrir en esa relación un poco más de su propio yo. Dios también es relación, la Trinidad son tres personas inseparables, de ahí que el ser personal del hombre también lo sea. Si Dios no fuera relación, no podríamos explicar ese vínculo intrínseco entre el hombre y Dios que crece y se alimenta en lo más profundo de la intimidad: en el diálogo de la oración.

Para cerrar el círculo, Dios para David es roca, refugio, pastor que siempre le protege y mora en su corazón: “Misericordia mía, fortaleza mía, mi alcázar y mi libertador (…)”[11]. Este vínculo queda condensado en esta cita agustiniana Tú eres más íntimo a mí mismo, que mi propia intimidad que muestra cuán radical es la presencia de Dios en el corazón del hombre. La clave de ello es el ser personal del hombre que se fundamenta en que Dios es un Dios personal.

 


Ensayo de Antropología metafísica, 17 de abril de 2018

[1] Tesis doctoral de Hannah Arendt.

[2] Arendt, H. (2009), El concepto de amor en San Agustín. Madrid: Ediciones Encuentro, p. 36.

[3] Arendt, H. (2009), p. 37.

[4] Facultad de teología de la universidad de navarra. (2005). Sagrada Biblia. Antiguo Testamento. Libros poéticos y sapienciales. Pamplona: Ediciones Eunsa, p. 165.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2588.

[6] Facultad de teología de la universidad de navarra. (2005), p. 174.

[7] Salmo 63. Anhelo de encuentro con Dios, que manifiesta su poder y su bondad en el Templo.

[8] Salmo 63. Anhelo de encuentro con Dios, que manifiesta su poder y su bondad en el Templo.

[9] Salmo 23. Gozosa confianza en Dios, pastor solícito.

[10] Salmo 23. Gozosa confianza en Dios, pastor solícito.

[11] Salmo 144. Petición del rey al Señor que salvó a David, para que le proteja a él y dé prosperidad al pueblo.

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