Ha llamado particularmente mi atención la pregunta que me ha hecho una niña de ocho años: «¿Por qué existo?»
Le he mirado fijamente sonriéndole con cara de filósofa… Y después con gran admiración me he asombrado de la inquietud y las ganas de saber que tienen los niños. Le he dejado con la miel en los labios: «¡Qué buena pregunta!», he contestado.
La cuestión de la existencia. La eterna cuestión. He reflexionado. «Pienso, luego existo», afirmó un día Descartes, frase que ha marcado profundamente la filosofía racionalista. ¿Qué es la existencia? ¿Por qué existo aquí y ahora? ¿Por qué existimos?, esa es la cuestión determinante. ¿Por qué a mí?
Lo que más me ha gustado de todo esto es que ella ya es una verdadera filósofa y todavía no ha estudiado filosofía. He sonreído: qué capacidad de asombro tenemos en la infancia. Al cabo de un rato, le he preguntado: «¿Por qué crees que existes?» y, sin dejarle contestar, he exclamado: «¡Existes por amor!».
Foto: Unplash.




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