¡Las lentillas!, pienso con rabia al cerrar mi mochila y colocarla entre mis adidas blancas debajo del asiento del tren. Un ave con destino a Madrid. ¡Qué tonto soy, me las he olvidado en la repisa del cuarto de baño! Aunque quería ponérmelas esta noche en realidad no me importa demasiado porque llevo puestas mis gafas de pasta negra marca Police. Me las compré en agosto y todavía no me acostumbro del todo a la pasta pero logran el efecto de un tipo interesante o al menos eso dicen. No tengo remedio, soy arquitecto, siempre pensando en el diseño.
Desbloqueo la pantalla del Xiaomi y veo un mensaje sin leer de hace poco más de una hora. Sabía que me escribiría: «Guille, estoy saliendo de Barcelona». Sin más miramientos le contesto con el emoticono del pulgar y escribo casi al tacto «Genial. Yo saliendo ahora de Alicante». Cierro Whatsapp sin responder a más mensajes, abro mi mochila, cojo «Cuento de Navidad» de Dickens y me pongo a leer tranquilamente…
En realidad, solo quiero estar conmigo mismo, sin que nadie me moleste. ¡De una vez por todas! Han sido días de mucho ritmo en el despacho. Estoy reventado. Trato de evadirme de los rostros del vagón nº 7. Rostros. Rostros. Y más rostros. Todos tan diferentes. Cierro los ojos cuando paso de página y no consigo evadirme de uno de ellos. Me imagino el de Tesa y nuestro encuentro en Madrid. Espero que no se desanime si vemos al abuelo mal. Abro los ojos rascándome un poco el párpado derecho bajo las Police y solo percibo letras borrosas que me conducen otra vez a ella. No logro concentrarme en el relato de Dickens.
Ahora un niño de unos dos años me distrae. Entra en el vagón nº 7 correteando sin saber hacia dónde va. Una joven que parece su madre desde atrás le llama: «Nacho, quieto». De pronto, el niño obediente se queda parado. Y toda su vitalidad se concentra sobre mi mirada. Se queda junto a mí, en el estrecho pasillo. Inmóvil. Me observa fijamente con sus ojos grisáceos. Enormes. Obsesionados en mis gafas de pasta. ¿Qué estará pensando?
No sé muy bien qué hacer. Me limito a sonreír. Es curioso, cuando le sonrío me devuelve la sonrisa y su mueca desprende el chupete cayendo encima de la moqueta verde. Lo recoge y con toda su gracia se lo mete en la boca. Pim pam. Tras unos segundos largos , da media vuelta y oigo de nuevo la voz femenina de antes: «Nachete, dile adiós a tu amigo». Mueve la mano tratando de decirme adiós. Vuelvo a sonreír y esta vez soy yo quien le imito moviendo mi mano derecha para despedirme.
Me quedo pensativo. Ha pasado mucho tiempo desde la última sonrisa, al menos una sonrisa no forzada, y este rubio pequeñajo de piel blanca ha conseguido dibujar ese tierno gesto en mis labios. ¡Qué poder el de los niños! ¡Ojalá pudiera yo hacer sonreír a Tesa, pase lo que pase! Reflexiono pensando en la llegada que cada vez se aproxima más. Y si llora, ¡que llore pero solo después de haberle sacado una sonrisa!
El estado físico del abuelo no es para echar cohetes. Su ánimo menos. Y esta noche es Nochebuena. Quizá no se levante ni de la cama ni para saludarnos.
De pronto, mi prima me escribe un nuevo whatsapp que contesta mi mensaje anterior: un emoticono sonriente.
Se me caen las gafas al guardar el libro en la mochila.
No he leído ni un solo capítulo pero me da igual. Como el niño ha hecho antes con su chupete, recojo las gafas del suelo y sin limpiarlas me las pongo. Estamos llegando a Puerta de Atocha. Ella ya está allí, esperándome para ir a casa del abuelo.
Me pongo el abrigo y un cuello de lana gris a modo bufanda. Vislumbro su rostro. Sí, es ella. Hace dos años que no nos vemos y la emoción es intensa. Como el niño del chupete y con una sonrisa en los labios, corro hacia ella sabiendo, en cambio, hacia dónde me dirijo. Nada más verla le abrazo y le soplo al oído: «Tesa, ¿has ensayado el villancico que nos cantaba la abuela?» Esta Navidad ya no la veremos.
Salimos juntos, hablando de todo y de nada, por la puerta de atrás y veo las esculturas curiosas de Atocha, unas cabezas de bebés, que me recuerdan al niño del chupete.
Miro a Tesa al dejar atrás los bebés mientras, juguetona, tararea: «Madre, en la puerta hay un Niño…»
#cuentosdeNavidad de Zenda
Cuento dedicado a mi abuela Mamen.
Fotografía tomada de Unplash




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