El amor es un acto. El acto implica no solo hacer cosas, moverse hacia alguien en forma de palabras o acciones dando el primer paso o el segundo. El acto también implica no hacer nada, esperar, desear en silencio, pensar, recordar, sonreír, trabajar ofreciendo eso por quien amas, no decir nada, no controlar nada, dejar que pase el tiempo, en recogimiento y en definitiva en contemplación del ser amado.
Muchas veces confundimos el amor con el acto de hacer cosas por el otro, hablar o pedir. Pero no, el amor va mucho más allá que hacer cosas o hablar mucho. El amor tiene más que ver con la escucha y la contemplación del ser amado, en muchas ocasiones sin decir o hacer, y en muchas ocasiones sin imponer. Dejando al otro que sea él mismo, abriendo un espacio mayor, ampliando el horizonte que existe en esa relación por medio del silencio interior.
A veces lo mejor es dejar que pase tiempo. Estar en silencio y no realizar nada, simplemente no controlar. Dejar al otro que sea él mismo y dejarse sorprender por él.
No hacer nada, no pedir nada, no exigir nada. Porque el amor es libre, antes de ser recíproco, antes de ser correspondido en mayor o menor medida. Si te quiere, te lo demostrará, te lo hará saber, lo podrás percibir, intuir, afirmar.
No se trata de evadirse. No se trata tampoco de olvidar. Sino de dejar pasar el tiempo oportuno para que tanto el uno como el otro reflexionen. La ausencia lleva a la presencia, y cuanta mayor es la ausencia de la que más ruido hace, eso tiene un efecto en el corazón del otro. Y le ayuda a reaccionar desde la reflexión.
Por eso, cabe esperar. Cabe recogerse, escribir, pensar, amar en silencio, hasta rezar.
A veces no se trata de pedir perdón o perdonar, a veces amar en silencio haciendo silencio es la mejor solución para dos que se buscan y se aman. Buscar al otro sin controlar, buscarle en uno mismo, sin pretender tenerle, sin ningún tipo de posesión, porque la posesión es contraria al amor y, por tanto, a la libertad.
Porque el amor auténtico es libre. Y no se deja enfriar. No se deja pasar, aunque pase el tiempo. Aunque el silencio cobre mayor importancia y llene los vacíos que antes llenaban las palabras.
Porque el amor si es verdadero es eterno y nunca pasa por mucho que pase el tiempo. O por mucha distancia que exista. Ese silencio y esa contemplación son todavía más necesarias cuando se trata de pensar sobre una relación profunda.
Como me dijo una sabia amiga «una sana distancia acrecienta el afecto». Eso ocurre con el amor. Porque el amor es acto. Y el acto debe tener su curso, ausencia- presencia; distancia- cercanía; silencio- palabra para que realmente se de una transformación en dos que son uno.
La transformación es fruto de la vida y la vida tiene su fundamento en el curso del amor, esto es, en su movimiento intrínseco. Por ello, cada segundo, cuando se ama, es transformador en uno mismo y en el otro.




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