Llueve. Tiene paraguas. Pero el viento impetuoso, que roza su cara de lunes por la mañana, golpea su paraguas azul y le da la vuelta. Queda sorprendida, furiosa y trata de reajustar la incómoda situación mientras adelanta a paso firme por la acera de la ciudad cubierta de charcos. Poco a poco, llega la sensación de mojado, del caer de las gotas, en todas las direcciones y sin cesar. Así suele caer la lluvia. Se empapa. Casualmente, no ha cogido un paraguas de esos que se compran para que duren un día, sino más bien uno amplio y fuerte. Incluso decorado en el reverso interior, con una fotografía de Nueva York que le inspira cobijo y seguridad. Sin embargo, esta vez el temporal ha ganado la batalla a pulso. Ella, andando, se siente débil, sin fuerzas para seguir peleándose con su amigo el paraguas. Parece más resignada que cualquier otro lunes. Y para más inri, un agente de tráfico que viste chaleco amarillo fluorescente le impide que siga avanzando por el paso de cebra. Con la mano, hace una señal de stop para que se detenga hasta que reajuste un poco más el tráfico. El paraguas de Nueva York apretado, cerrado, medio roto. Sigue cayendo la lluvia al mismo tiempo que en esos cortos segundos los coches cruzan, también empapados. Ella se fija en el tejemaneje del policía: pita, indica, señala, regula el tráfico, realiza su trabajo. Una vez ha cruzado el paso, ella se acerca al agente y le pregunta: “¿Qué está ocurriendo?”. “Nada. Solo llueve», le contesta sonriendo. El policía se queda mirándola, sin dejar de sonreír. Se para el tiempo. Se para el agente. Se para el tráfico. Embobado con la dulzura de esa niña el policía está quieto. Se intercambian sonrisas y ella dobla la esquina. Es interesante empezar así la semana, reflexiona, la amabilidad de un policía desconocido se ha convertido en el cobijo que le ha faltado por culpa del paraguas de Nueva York. La cortesía ha derrotado a la aparente seguridad.




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