Una señora de unos sesenta años paseaba ayer a su perro aprovechando el sol de mediodía tras la lluvia. Lucía un pañuelo en la cabeza que dibujaba diminutas flores rosas y amarillas. Vestía ropa informal, de esa que sirve para estar por casa en zapatillas. Lo que podría ser un andar sosegado resultaba un paseo tenso. Las personas de su alrededor la miraban de reojo, con asombro, incluso se alejaban de ella para no contagiarse de la tensión que desprendían sus maneras. A cada paso que daba, su genio como ola brava rompía con fuerza, y chillaba: ¡basta! Pero no se dirigía al cielo, ni a la tierra, sino a su San Bernardo café manchado que trataba de avanzar por la acera, también agitado, atado a una correa de cuero amarillo. ¡Basta ya!, se escuchaba de nuevo en tono amargo. El chucho de orejas caídas no solo padecía los gritos de su ama sino que sentía los latigazos de cuero rozar su piel. Una y otra vez, la señora del pañuelo de flores sirviéndose de la correa golpeaba el fino pelaje de su animal de compañía. Pretendía controlarlo. Quizá estaba ansioso, quizá fatigado, pero no respondía del todo bien a la dirección que indicaba la mujer. El San Bernardo, sumiso a ella, no podía seguir sus propios pasos.
Marcar el ritmo de los pasos, volar si es preciso, imaginar nuevos paisajes. La libertad es como pasear descalzo sobre la arena suave de una playa que nunca termina. Sentir la tierra mojada y seguir caminando mirando el mar. Contemplar la infinitud. Sin ataduras. Sin correas de cuero amarillo.




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