Vestido de negro, camiseta y pantalón, y zapatillas de deporte el niño de melena rubia parecía bailar en vez de caminar. Marcaba el ritmo. Como si llevara unos cascos y escuchara Closer, la canción más reproducida en las listas de Spotify. El pelo liso lo llevaba largo, era gracioso ver el contraste entre su estatura y la agilidad de sus movimientos. Inspiraba seguridad. Andaba solo. Totalmente solo. Con estilo propio cruzaba la plaza contigua al eroski de la esquina. Una plaza y un parque infantil entre bancos y árboles. Al pasar entre los demás niños y niñas, junto a los columpios, sus melenas aportaban personalidad. Su camiseta negra desenfadada también. Pero las llaves marcaban la diferencia. Y el ritmo de su andar. De su mano derecha colgaba un llavero del que caían unas cinco o seis llaves. Agitaba su llavero, y el metal de las llaves sonaba. Movía de nuevo la mano, con suavidad consiguiendo el sonido perfecto en medio de la nada del silencio. Eran las cinco de la tarde, y la calle estaba vacía pese a algún coche que se oía de vez en cuando. Volvía sobre el mismo gesto y las llaves sonaban.
Silencio. LLaves. Silencio. Llaves. Toda una melodía metálica en medio del parque, al son del caminar. Música maestro. Movimiento. Me di cuenta de cuánta personalidad puede tener, cuánta vida puede transmitir alguien de unos tan solo siete años. Dejaba la huella del yo, sin miedos, agitando con gracia un conjunto de llaves. Era su modo de afrontar el camino, el trance diagonal, cualquiera que fuera su dirección, cualquiera que fueran las puertas, pero decidió caminarlo marcando su propio estilo. Ser él mismo.





Deja un comentario