Cinco menos cuarto de la tarde. Sombras proyectadas en el suelo. La propia sombra que dibuja el yo. El contorno, la silueta, y los objetos pegados a ella: el abrigo no hace falta, hace demasiado calor, lo sostengo con el brazo izquierdo. El móvil, en la mano derecha. Fotografío. Se desdibuja mi sombra al entrar en contacto con otra: la de un árbol. Y después, otro. Se entremezclan. Y vuelve otra vez la silueta de antes. Se separan. Reaparece el yo.






Luz que penetra para plasmar el dibujo de distintos seres. Sin luz, no hay sombra. El sol es necesario para la consecución de este equilibrio mágico. La vida sin sombras no sería vida. Sería oscuridad. O luz. Pero lo interesante es el movimiento, el cambio, ese juego entre la noche y el día, los amaneceres y atardeceres, los claroscuros. Pero en todo ello descubro algo permanente, inmóvil, que no cambia.





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