Ante unos ojos inquietos y sensibles no pasa desapercibida un drama de tal calibre como es Edipo rey, cuyo autor fue el griego Sófocles. Desde el público, esos ojos contemplan el destino fatal del que parecía ser un hombre honrado, el tremendo devenir de un rey que ha conocido la verdad de sí mismo. El espectador queda con el alma removida, y conmovido no sabe qué palabra decir. No sabe ni siquiera si aplaudir: están entrando en ebullición un conjunto de emociones interiores, sinsabores, difíciles de explicar, arduos de dominar.
El dramaturgo capaz de provocar el pathos dentro del alma del espectador, capaz de transformar el corazón del hombre, capaz de llenar de lágrimas las butacas del público está logrando hacer arte. Arte en su máxima expresión: ¿no son acaso las palabras en boca de los personajes las responsables del llanto del espectador?, ¿no es acaso la expresividad del actor la fuerza que mueve los sentimientos de la audiencia? ¿Y no es todo esto fruto de una decisión deliberada?, ¿fruto del ingenio del creador de la obra?
El arte, sea de la naturaleza que sea, no es pura inercia, mero instinto, impulso emocional. No. Crear, con palabras, con materia, es componer las partes en un todo, y para ello es requisito necesario deliberar, decidir, razonar. Ordenar. Edipo rey, unidad perfecta en todas sus escenas, en todas sus palabras, es una pieza perfecta, que combina los diálogos con los cantos, e incluso con los movimientos corporales. Se siguen diversos elementos, sin caos, armónicamente, y hasta la entonación de las palabras varía en intensidad sin ocasionar perjuicio alguno en los oídos del espectador. Edipo rey es armonía, unidad: gritos desconsolados, suaves voces, cantos de dolor, silencios, miradas, abrazos, quietud, pasos lentos, pasos rápidos. Movimiento, vida.
Crear así, consiguiendo la combinación comedida del movimiento y la palabra, es dominar la expresividad humana. Es el don de conjugar distintos elementos dramáticos, los justos y necesarios, para implicar emocionalmente a la audiencia. Es conocer el corazón del hombre para encarnarlo en un personaje. El corazón de Edipo queda transformado cuando conoce quién es, cuando a medida que avanzan las escenas las capas de la verdad van siendo destapadas. Edipo descubre su desgracia: sin ser consciente de sus acciones mató a su padre y mantuvo relaciones con su propia madre. Sin embargo, no es solo el corazón de Edipo el único que padece: Sófocles controla las íntimas emociones del espectador como el titiritero los hilos sutiles de sus marionetas.
Conocer algo sobre el propio ser, la identidad personal tiene efectos imborrables sobre las acciones. Por eso, se comprende que el intenso sufrimiento conduzca al protagonista a cegarse a sí mismo: no es digno de mirada alguna, y menos de la suya. El corazón humano tras conocer una verdad puede actuar los peores dramas jamás imaginados. Sófocles lo sabía bien. Por eso, fue capaz de convertir el objeto de ser intencional en objeto de ser natural, ya que plasmó su conocimiento de la naturaleza humana en la obra de arte Edipo rey. Y, asimismo, traspasó el objeto de ser natural: más allá de la creación de la tragedia, logró la catarsis.

29 de enero de 2017, Estética. (Ensayo)
Ensayo escrito después de ver la obra escénica de Edipo Rey.
Imagen extraída de Google imágenes.




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