PUNTILLISMO

Creemos pensar que la realidad carece de claridad. Advertimos que los contornos de los montes se desdibujan, los límites de las siluetas desaparecen a cierta distancia, los colores se difuminan y como lienzo puntillista ante el espectador el mundo aparece ante el ser humano. Manchas en la lejanía. Sin embargo, cuando nos acercamos a él, tampoco es tan indescifrable: las cosas poseen sentido. Pero cabe cuestionarse, ¿podemos afirmar que conocemos el mundo?, y si decimos conocerlo, ¿acaso no se nos escapan detalles?

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Puntillismo. El puente Courvebeie de George Pierre Seurat (1886-1887)

Paradójicamente a las sensaciones borrosas de nuestra experiencia cotidiana comprobamos también el poder de las palabras, y el efecto de su correcto uso: la comprensión. El entendimiento interpersonal nos reafirma en la creencia de la existencia de un lugar común dentro del caos del cosmos, y por ello, cuando nombres, adjetivos, verbos salen de labios propios o ajenos, conectamos con la realidad porque entendemos. Más aún, nos entendemos. Se trata de un poder particular, no de los hablantes sino propio de los ingredientes que estos emplean para acceder juntos a una única realidad, y traspasarla, es decir, ir incluso más allá de su materialidad hasta comprender también lo abstracto que hay en ella.

Las palabras poseen una fuerza arrolladora, tal que nos dan las llaves de acceso al río de la realidad. La magia del lenguaje radica en su esencia, y esta no es otra que la representación. Por ello, hablar es señalar, apuntar a un determinado objeto. Por ello, un niño aprende a relacionar los nombres con las cosas por medio de imágenes, que son asimismo representaciones del mundo; entiende que existe una conexión, una flecha bidireccional entre la manzana verde dibujada y el vocablo manzana. En efecto, existe un vínculo invisible entre lo que es y lo que representa a lo que es.

Así funciona el lenguaje: hace presente lo que está ausente. Ocurre como ocurre con un retrato, la persona que aparece pintada actúa como espejo de la persona real, y al contemplarlo, el pensamiento se va hacia ella. La conexión es directa, lineal, sin barreras que impidan el paso al ámbito del intelecto. Tanto el retrato pintado como las palabras escritas o dichas actúan a modo espejo. Entre dos elementos, uno presente y otro ausente, el espejo es el presente, y su función es abarcar la realidad de una forma concreta: representándola y otorgándole sentido. El espejo es el signo lingüístico, la palabra. Su reflejo posee en sí mismo la representación. De ahí, el entendimiento entre los seres humanos. Las letras, que a su vez forjan palabras, y estas componen la melodía del lenguaje logran hacer las veces de lo que no está con una presencia física, logran pintar la realidad, tal como es, en nuestra imaginación, memoria y pensamiento.

Letras, palabras, expresiones lingüísticas componen una melodía igualmente accesible a todos. Entonces, si los objetos representados concuerdan con los signos, retratos de los objetos, y todos podemos acceder a la realidad usando estos signos, ¿por qué en ocasiones nuestras creencias no son verdad? ¿Fallan las palabras, nuestros pensamientos o falla el mundo? En un inicio creemos R, y pasado el tiempo comprobamos que se trataba de J. Nos ocurre con frecuencia, pero de facto R no corresponde con lo que las cosas son. Error.

En efecto, la representación implica concordancia entre el elemento presente y el ausente, y con ella el aparente puntillismo de pronto desaparece y se alcanzan a ver los matices de las formas. Si bien, pese a la garra simbólica del lenguaje, la imprecisión existe y nuestras creencias pecan muchas veces de vaguedad: interpretan, pero tan solo eso. Lo que quiero decir es que en ocasiones, no damos con la verdad ya que los juicios que emitimos contienen errores de adecuación. ¿Fallan las palabras, nuestros pensamientos o falla el mundo? ¿Dónde se halla la imprecisión?

Fallan los nombres sí. Los adjetivos, los verbos. Las construcciones sintácticas, en definitiva. Pero las palabras, sean las que sean, son inocentes, ya que no son las causantes del desenfoque de la realidad. Los culpables son los juicios. Imaginemos un fotógrafo tratando de captar una puesta de sol, tras un ligero movimiento, la imagen resultante ha salido borrosa: el error ha sido suyo, y no, del zoom de la cámara.

Traslademos este paradigma: el zoom de las palabras desenfoca el objetivo de la realidad debido a que nuestro pensamiento está en el error. Por eso, mentiría si dijera que las cosas son imprecisas. No es que el zoom de la cámara esté deteriorado sino que la inadecuada posición del fotógrafo provoca el desenfoque. Como afirmó Bertrand Russell, “las cosas son lo que son, y esto es todo. Nada es más o menos de lo que es, nada posee hasta cierto punto las propiedades que posee”.

En este sentido, la realidad es la que es. Y no, otra. El resultado del proceso representativo es la creación de pequeños mundos de significación con los que jugamos a todas horas para comprender y comprendernos. Claro está que nos equivocamos al interpretar el mundo. Pero no porque las palabras sean imprecisas, sino porque nuestras creencias están en el error. El lenguaje no peca de vaguedad, peca el pensamiento. El lenguaje, aunque sufra los efectos de la vaguedad, busca aumentar la nitidez del puntillismo.


16 de febrero de 2017, Filosofía del Lenguaje. (Ensayo I)

Ensayo en base a la lectura de: Bertrand Russell: «Vaguedad» (1923) en M. Bunge (ed.), Antología semántica, Buenos Aires, Nueva Visión, 1960.

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