Una voz entrecortada, rasguñada por las heridas del pasado, pide a gritos ser escuchada. Las lágrimas comienzan a resbalar lentamente mientras el deje de la voz pierde fuerza y termina por apagarse del todo. Los oídos de quien escucha han captado el mensaje, y no solo eso, sino que han sentido lástima, han deseado consolar a quien llora al otro lado del teléfono. Pausas que no son incómodas, silencios entre un tú y un yo, zonas de intimidad. Demasiadas emociones desordenadas, inquietas, que se agolpan en el corazón buscando orden y paz. Consuelo.
<<Hay muchos con quien estar pero pocos con quien ser>> dice la canción «Ojalá» de Beret. No le falta razón. Desahogarse es acción ardua para quien sufre; sin embargo, el ser humano necesita sacar hacia afuera lo que lleva dentro. Lo bueno y lo malo. Con más motivo desahogarse se hace necesario cuando el dolor se acumula saturando las capas del alma. Por ello, ser consolado es importante para la felicidad de las personas. Porque purifica. Saber hacerlo con la persona adecuada y en el momento oportuno no solo implica estar con esa persona sino algo que va mucho más allá: requiere «ser con el otro».
Ser con otra persona uno mismo. Y esas personas con quien ser se cuentan con los dedos de una mano. Como los amigos; eso me decía mi abuela. El otro con quien soy uno mismo es ese que, porque me conoce y ama, me comprende tal y como soy. Y no se sorprende de nada. Desaparece el miedo: sus oídos, por ello, son la cura del alma, sus silencios fortaleza que aquieta la inquietud, y sus palabras, bálsamo suave para las heridas escondidas: las heridas ocultas del yo más profundo, ese que sin la presencia del otro no termina de perdonarse a sí mismo.
No es fácil hablar del sufrimiento como tampoco lo es sacar hacia afuera el dolor. Siempre duele hablar de lo que no va. Siempre cuesta comunicar lo «incomunicable» porque en cierta manera no nos gusta que los demás sepan de nuestra limitación o las debilidades que padecemos. Pero no por ello debemos huir. La valentía no es la del que no llora sino al contrario: la valentía se demuestra en esas pequeñas acciones en las que queremos ser sanados con el consuelo y la escucha de quienes nos quieren. El consuelo muchas veces no será una cura completa, pero sí una medicina eficaz para el dolor humano. Mucho más fructífera de lo que nos pensamos.
Nunca estamos solos. Caminamos acompañados, aunque no seamos conscientes. Sus oídos siempre fortalecen. Estamos seguros siendo escuchados y consolados.
«El ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es la conversación. Su práctica es más dulce que cualquier otra actividad de nuestra vida»
Montaigne
(Foto de Unplash)




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