HUIR

De pronto escucho la famosa canción de Nena Daconte En qué estrella estará y me fijo en estas palabras «a veces tengo que huir porque no puedo más». 

Entonces reflexiono. 

Huimos todos. De aquí para allá. Y lloramos nuestra angustia con lágrimas que encogen el corazón. Por un motivo u otro, todos escapamos. Sin embargo, esa reacción no nos ayuda. Necesitamos compartir el dolor y con ello aliviar la carga que oprime nuestro ser. Sin compartir, el dolor sabe más amargo.

Pero, ¿qué hacer cuando ese paso hacia el compartir se hace difícil? ¿Cuándo faltan las palabras para asumir que estamos necesitados? ¿Cuándo el silencio de la soledad mata?

No podemos olvidarnos de lo que nos hace sufrir en nuestra historia personal, en nuestro recorrido vital. Por mucho que lo evitemos, siempre la propia conciencia golpea al corazón y no somos capaces de deshacernos de las heridas causadas por los demás, ni tampoco de aquellas que hemos provocado . Por eso huimos, porque nos duele el pasado. Porque no nos son indiferentes esos males.

«A veces tengo que huir porque no puedo más».

No podemos más de nuestra soledad. Lo que de verdad nos mata lentamente es no afrontar que nos necesitamos unos a otros para salir de ese agujero negro de inquietud que provoca la evasión. En esa actitud se esconde el miedo. Tememos que los demás adviertan nuestro sufrimiento.

No queremos necesitarnos para no dañarnos, pensamos. Y pensamos mal.

Termino mi reflexión acerca de la evasión del sufrimiento y doy con una paradoja: nos necesitamos y en muchas ocasiones, cuanta más necesidad, más huida. Huimos y nos necesitamos. Ambas se dan  a la vez. Y nos cuesta salir de ahí y apostar por el consuelo y la compañía.

¿Si no nos abastecemos a nosotros mismos por qué queremos escapar del consuelo de los demás? Huida y necesidad se oponen demasiado. No logro entender por qué reaccionamos así los seres humanos cuando amamos, cuando sufrimos. ¿Por qué?

 

 

Deja un comentario