Querida María,
Quería escribirte una carta, pero no llegaba el momento. María, se trata de ese juego entre el recibir y el dar, ese juego entre las palabras y el silencio, el juego del puente enlazado por sus dos extremos.
Te escribo esto porque pienso que gran parte del misterio del amor puede entenderse desde la imagen de un puente, ya que este, al igual que el amor, no se comprende sin sus dos orillas. Es decir, por un lado está el dar (inicio) y por otro, el recibir (fin). Y si lo miramos desde la otra perspectiva, nos encontramos con el recibir (como inicio) y el dar (como fin). Y la «línea» que se traza entre ambos extremos es el puente como resultado: el amor.
Las metáforas aproximan a la esencia del amor y nos ayudan a descifrar su magia, pero el amor siempre ha sido, es y será un misterio. Y esa es su grandeza, y al mismo tiempo, su intensidad, lo que hace que la vida sea tan maravillosa. Profunda. De hecho, al pensar en él jamás se da una única vía de acceso, una única respuesta, siempre caben nuevos destellos y matices, nuevas aproximaciones luminosas. Al analizar las distintas relaciones que forjamos los seres humanos nunca dejan de surgir nuevas preguntas, dudas, cuestiones, en fin, nudos que no terminan de desatarse. Pero, ¿no es el amor la gran pregunta del universo? O mejor, ¿la pregunta decisiva de cada persona? ¿La única fundamental?
Nudos, sí, que en parte desatados, desvelan lo que de misterioso tiene esta realidad para el ser humano. Se trata de la conexión entre los dos puntos del segmento, el inicio y el fin del puente de que te hablaba, que forjan un camino transitable, pero transitable por dos yoes irrepetibles, y por ello, no hay otro camino igual a ese. Hay múltiples caminos que se entrelazan, pero cada relación que forjamos con alguien, dibuja un camino que no se repite. Puede que esos caminos (la relación que vincula a dos) sean más o menos largos, más o menos profundos, más o menos estrechos, o simplemente un día se desdibujen… pero hay caminos a los que llamamos lazos eternos porque suponen un tránsito que no termina, un paseo que es para siempre y que misteriosamente une a los caminantes de modo que no pueden recorrerlo el uno sin el otro, porque se necesitan siempre.
Y creo que este último tú, afortunadamente, ya lo has iniciado.
En todo caso, y siguiendo con el misterio, en esos caminos de amor siempre se da una conexión. Y, de facto, si nos preguntamos cómo se inicia o por qué se inicia tal conexión, o incluso para qué, no obtenemos una respuesta esclarecedora, un porqué del todo convincente. Un círculo cerrado. No, no se cierra. Si el círculo se cerrara, el amor no sería un don gratuito, si lo entendiéramos todo acerca de él, no seriamos humanos, sino dioses, y no nos dejaríamos sorprender por esa realidad que nos llena el alma todos los días cuando de verdad amamos y somos amados.
No se trata de responder a una pregunta fácil,y si buscas una respuesta precisa no la encontrarás, estarás lejos de hallarla. Se trata de vivirlo no de hallar respuestas y con ellas forjar teorías. ¿Teorías o conjeturas? ¿De qué? ¿Y para qué? Se trata de vivir lo inefable del lenguaje más bonito que existe, un lenguaje de dos que se hace nuevo todos los días con distintos gestos y palabras, o con silencios, en todo caso símbolos indescifrables con los ojos humanos. Dos que se miran y se lo dicen todo sin necesidad de hablar.
Ciertamente que el amor se dirige a un alguien, pero qué sea el amor en sí, quién pudiera saberlo. Vuelvo al misterio. Vuelvo al puente conectado: es el don de «MG» hacia «JB» y el don de «JB» a «MG», y ambos dones se dan y se reciben. Por ello, tan importante es recibir como dar. Tan importante es escuchar como hablar. Tan importante es abrazar como dejarse abrazar. Y, en ocasiones, restamos peso al recibir porque nos centramos en el dar. Qué sea el amor, algo sabemos, aunque nunca entendamos cien por cien su inefabilidad.
María, tal vez un día entendamos mejor parte del misterio del Amor, al correr el tiempo pero, de momento, nos basta con seguir amando, día a día, encontrando en los pequeños detalles lo que nos abruma la profundidad del misterio. Es cuestión de saber cuándo cabe esperar y recibir, escuchar, dejarse abrazar, y cuándo cabe salir al encuentro. Por eso, se requiere mirar, abrir bien los ojos, para atisbar si es mejor empezar o seguir el juego. El juego misterioso. A veces, nos equivocaremos, pero eso también es parte del misterio, y no le resta fuerzas sino que lo colma de sentido, porque los errores nos hacen, sorprendentemente, más humanos, nos acercan más a los demás, nos enseñan a perdonar.
Y además de la mirada, para discernir se requiere el silencio. Es decir, saber hallar la respuesta desde el silencio. El silencio, que va muchas veces, más lejos que las palabras. Para que el interrogante se despeje, ¿salir al encuentro o dejarse encontrar?, ¿qué hacer? Hacer silencio. Escuchar el misterio del callar. Como dice el estribillo de la nueva canción de Maldita Nerea A quien quiera escuchar: «Escuchar lo que cuenta el misterio al oírte callar». Se trata de hacer hueco a ese espacio interior, que muchas veces, no le dejamos «que nos hable».
Así descubriremos el misterio del don, ese juego misterioso al que jugamos todos los días, y nos colmaremos dando y recibiendo, transitando caminos eternos.

Texto: 1 de febrero de 2018.
Foto: Cantabria, Navidad 2017-18.




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