¿Cómo es posible que estando tan lejos estemos tan cerca? ¿Cómo puede ser que tu pienses en mi y yo en ti a la vez en el tiempo? ¿En el mismo instante?
Estás en mi y yo en ti: Pero, ¿cómo podemos estar tan vitalmente conectados?
Busco pero no hallo respuestas que me satisfagan. Y me hago esas preguntas con mucha frecuencia.
En efecto, nos ocurre lo que no podemos describir con palabras, porque escapa de nuestro control: nos llevamos siempre el uno al otro. Nos tenemos tan dentro, que más allá de lo físico, nos sabemos acompañados siempre.
Una vez leí que la distancia separa los cuerpos pero no los corazones. Y pensé, ¡qué cierto! Pero me fui más allá, la distancia hace posible una profundidad que abarca los recónditos más íntimos del corazón.
Es un misterio que experimento asombrada. Abrumada. En efecto, nos tenemos el uno al otro sin tenernos. Paradoja. Sin vernos nos vemos. Nos encontramos, al buscarnos, sin encontrarnos. Pero se produce un verdadero encuentro transformador en el que tocamos, mediante la presencia, el corazón del otro.
«He aquí mi secreto: solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos»
«Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante»
(El principito, Antoine de Saint-Exupéry)




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