LA PALMERA NEVADA

¡Un muñeco de nieve! Amanecí ese 15 de diciembre con la ilusión de jugar, pero todavía no había nevado. Frío, mucho frío. Seco, muy seco. Polaco. Pero no vi nieve al abrir la ventana. Tenía los labios cortados y algo de sangre en ellos, pero no me importaba: ese sábado tenía que ser espectacular porque me encontraba en Varsovia.

Era nuestra primera visita: yo era la profesora responsable de un grupo de quince alumnas de intercambio. Había pasado la semana nerviosa por conseguir que todo saliera bien. Nora, en el hall de la casa donde me alojaba, anhelaba salir temprano. Nos encaminaríamos hacia el centro histórico. Me esperaba tarareando Glorious, entretenida con los adornos de Navidad: bolas de colores que iluminaban la pared, una corona frente a la puerta, un calendario medio abierto, velas aromáticas, un pesebre bajo la chimenea…

Apresurada por la emoción de aprovechar el día al máximo me olvidé los guantes de cuadros verdes en el ropero. Una vez más, Nora me dejó los suyos: calientes, negros y gigantes para mis diminutas, finas y secas manos. Sin embargo, cumplían su función con creces. Mañana gélida. “Belén, los vas a necesitar: quédatelos”, me susurró al salir.

La conocí esa semana: ella era una artista del dibujo que todavía no había comenzado la Universidad. No era profesora pero parecía una más. Advertí la gran generosidad y sencillez de mi nueva amiga: por mil detalles durante los trayectos por la gris Varsovia percibí que solo deseaba verme abrigada porque conocía ese virus que atacaba mi garganta española en tierras polacas. Estaba siempre atenta. Siempre ahí. Disponible para ayudar en lo que hiciese falta, tanto a las alumnas como a mí.

Tras una media hora de autobús, llegamos al punto inicial de nuestro paseo: “La Palmera”. Una especie de escultura en pleno centro de Varsovia. Aunque parezca raro y llamativo, en la capital de una ciudad del Norte de Europa donde la nieve suele cubrir los árboles, allí estaba. Silenciosa, fría, sin la luz del sol. Nora no dejaba de observarla y yo de fotografiarla con mi Huawei.

Julia, una chica polaca de la familia que me acogía esos días, nos había hablado de ella. Julia era historiadora del arte y conocía muy bien los elementos arquitectónicos y artísticos de su pueblo y, profundizando en cada detalle, nos explicó que se trataba de una pieza para realzar la historia de esa calle “La Avenida de Jerusalén”: una referencia al pueblo judío debido a ese vacío que causó el holocausto en el pueblo polaco. La comunidad judía era homenajeada con una escultura moderna semejante a una palmera de Jerusalén. La erigieron el 12 de diciembre de 2002 y nosotras dieciséis años después nos encontrábamos volviendo atrás: sobre la historia de Varsovia, la segunda guerra mundial, el comunismo y el nazismo.

Comenzamos a andar, tiesas de frío, a paso rápido para aumentar nuestro calor comentando la curiosa palmera. Pero pronto las luces de Navidad —aún apagadas— nos llevaron por la calle principal de Old Town. Luces promocionadas por Ferrero Rocher dibujaban una magia única: las casas de colores, de baja altura a ras de suelo, una pegada a la otra habían sido reconstruidas tras la guerra. “¡No podía faltar la publicidad en Navidad!”, pensé mirando el logo de los famosos bombones. Dimos con una zona reconstruida, una nueva Varsovia, y sus avenidas llenas de adornos y luces contrastaban con su pasado: roto, gris, triste. Y, lo peor, familias divididas por la guerra.

Todo era, a pesar del aire congelante, vida, movimiento y regalos. Era el momento perfecto para comprar regalos de Navidad para nuestros seres queridos. Una joven embarazada avanzaba lentamente a nuestra izquierda: su paso lento y pesado contrastaba de nuevo con nuestra ligereza al andar. Esa joven de dulce rostro polaco parecía estar de nueve meses: andaba como sin fuerzas. Nora, en cambio con toda su potencia, de repente, exclamó: “¡A por los souvenires! ¡Esta tienda tiene buena pinta… echemos un vistazo!”

– Belén, mira estos vasitos de vodka. ¿No querías algo así para tu hermano…?

– ¡Buena idea, Nora!

– Este modelo, con el estadio de fútbol impreso, me gusta mucho…

Fue una tarde de contrastes. Cuando regresábamos en el tren hacia Josefuw, mirando por la ventana mientras Nora dibujaba, yo no dejaba de reflexionar sobre ellos: polaca embarazada y pasos ligeros; presente lleno de luz y pasado en guerra; luces en las calles y edificios destruidos; magia navideña y familias rotas; ni un copo de nieve y un frío congelante.

Sin embargo, latente entre todos estos contrastes bullía en mi cabeza la idea de la generosidad. Generosidad. Generosidad. Reflexionaba. ¡Cuánto había aprendido de mi nueva amiga en solo seis días!

La noche pasó. El domingo 16 me levanté tarde, abrí la ventana de la habitación y sorpresa ¡había nevado! Blanca Navidad, pensé sonriendo. Y recordando el día anterior me imaginé la Palmera nevada. Ese era el símbolo del inicio de la Navidad: no era un árbol de Navidad cualquiera, sino uno muy especial. El punto de inicio, no de una avenida del centro histórico sino el de una nueva Navidad para mi vida.

Salí de casa con Julia a dar un paseo y vi a Nora a lo lejos. Estaba ya jugando con un muñeco de nieve.

davdavsdr


#cuentosdeNavidad de Zenda

Cuento dedicado a Tere, Joana, Marija, Julia, Ola, Kasia, Axa y compañía.

Fotografía tomada en Varsovia (diciembre de 2018)

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