No me asombro, aunque lo haga cada día. Agradezco y vuelvo a agradecer. Esa sintonía que tenemos los dos, esa conexión más allá de los límites lógicos y materiales. No hay explicación racional a ese entendimiento. No hay tampoco que preguntarse el por qué. Simplemente, seguir viviendo y agradeciendo.
No todos tienen esa suerte. Por eso, es un regalo que agradezco a diario. Y que me ayuda a sentirme y saberme afortunada. Porque no me lo merezco.
Más allá del tiempo y del espacio, que son elementos subjetivos, nos seguimos conociendo y queriendo. Es algo que vive dentro, en el interior. Hay una puerta, de corazón a corazón, que nos permite comunicarnos. Una puerta que no separa sino que comunica.
Entramos en comunión cuando tú o yo la abrimos. Aunque, en realidad, siempre está abierta. Es una puerta que siempre permanece abierta, por eso, puede conectar tan profundamente nuestra intimidad.
Tanto que hasta podemos entrar dentro del otro.




Deja un comentario