No podíamos vivir sin tener el pensamiento en el otro. No podíamos ser sin el otro. Pero llevábamos unos días silenciosos, sin cruzar apenas unas palabras, sin contarnos lo que nos alegraba, preocupaba o simplemente lo que no hacía falta contar porque era más de lo mismo: nuestras rutinas. Estábamos los dos metidos en el presente inmediato, en el trabajo y el movimiento, por lo que se nos hacía difícil hallar momentos de unión, de encuentro solitario, alejado del ímpetu y el dinamismo de la vida, para mirarnos con los ojos del corazón.
Nos ocurría a los dos, no sabíamos cómo, o qué expresar el uno del otro, porque cuando llegaba el tiempo oportuno no teníamos ni fuerzas para hablar. Tampoco es que quisiéramos hacernos daño pero nos resultaba difícil manifestar el amor. Lo sabíamos. Ya conocíamos de sobra lo mucho que nos queríamos. Sin embargo, no éramos del todo conscientes de que aunque notábamos la ausencia intensamente nos teníamos presente a pesar de los silencios, la limitación del tiempo y del espacio y los anhelos del subconsciente de volvernos a ver.
Con límites nos queríamos, pero sin límites nos queríamos, allende de nuestro mutismo amable e irritable al mismo tiempo.




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