Un día como hoy te mereces que escriba sobre ti. En realidad, siempre te lo mereces.
Teresa, ¿quién nos lo iba a decir? ¿Quién iba a imaginarse que hoy estarías celebrando tu cumple en el cielo? Escribo este post mientras escucho «Heaven» de Bryan Adams. Y pienso en el cielo, donde estás ahora, desde donde nos cuidas más que nunca. Y sí, pienso en ti, Teresa. Con mucha frecuencia, pero hoy especialmente. 22 de noviembre, el día de tu cumpleaños, cumplirías 44 años… y además es el día de Santa Cecilia, patrona de la música, algo que tanto te gustaba.
Siempre estabas con el acordeón o tocando la guitarra o cantando con tu dulce voz, pero lo que se te daba bien de verdad era hacer la vida amable y más divertida a los demás. Quitabas hierro a todo. Siempre. Todo te lo tomabas a risa, porque todo tenía gracia porque vivías en modo alegría y con un profundo sentido del humor, porque lo que era importante era importante y lo que no, le sabías sacar en cada circunstancia un toque positivo o risueño. En el fondo, te reías de ti misma. Y eso es bien difícil. Tu risa era contagiosa, tanto, que todos acabábamos riéndonos por cosas absurdas a carcajada limpia.
Si algo destacaría de ti, Teresa, era tu alegría viva, tu gran alegría interior. Tan ordinaria y extraordinaria a la vez. Pero no es que todo te diera igual. Al contrario: eras una sufridora, una luchadora, y todo lo vivías con intensidad pero habías aprendido a base de palos, experiencias, y creo que especialmente gracias a una cercanía a la cruz, a vivir en modo don. Todo era don, regalo, y por tanto todo lo vivías agradecida, con una sonrisa en los labios. Con la mirada más en el cielo que en la tierra, pero siendo siempre tan humana. Tan presumida, femenina, delicada. Tan apasionada y serena a la vez. Tan del mundo.
Vivías para los demás. Mejor, te desvivías. Tu risa era un modo de alegrar a los demás. Un modo más, porque la música era otro, el deporte otro, la escucha otro. Tenías muchos dones y todavía recuerdo la última charla que me diste: hablabas de la parábola de los talentos. Diciendo que todos nacemos con muchos talentos y que depende de nosotros ponerlos al servicio de Dios y de los demás: del juego que le damos a la libertad. De cómo la usamos. Qué hay que contar con la gracia de Dios y con nuestra libertad.
Qué bien lo pasamos las Navidades pasadas. Tus últimas Navidades. Quién nos lo iba a decir mientras posabas para la foto, esa que te hice, delante del cuadro de pescadores antes de la cena de Nochevieja. Siempre sonriendo. Me hizo Marta la foto, y tú también querías una. Siempre normal, auténtica, simpática. En una palabra, alegre.
¡Qué bien nos lo pasamos hablando en lengua parsel, contagiadas por tu afán por querer aprender del mundo de Harry Potter! Fueron unas Navidades increíbles.
Seguiría escribiendo pero me guardo todos los recuerdos para próximas veces. Porque tengo mucho que contar. Mucho que decir sobre ti, Teresa. Gracias por estos años a tu lado, más o menos cerca, pero siempre unidas.
Es fácil descifrar que detrás de esa sonrisa tan ordinaria había una forma de vivir extraordinaria: porque tenías a Dios en tu bolsillo y no lo dejabas escapar.







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