HUELLAS DEL ALMA

Ya ha pasado medio año. Sí, abuela, seis meses sin ti. No parece real, todavía no nos hemos acostumbrado del todo a tu ausencia. Creo que este tiempo ha sido un tanto extraño, agridulce, y reconozco que no he podido escribir casi nada. No he sido capaz de poner sobre papel tantas emociones, regalos, instantes eternos vividos junto a ti. Cuando quieres tanto a una persona, su falta no es fácilmente expresable. Sin arrebatarte la paz, te rasga el corazón. Llorarte, sentirte en lo más profundo del ser, llevarte siempre dentro, experimentar que estás ahí, de un modo distinto, con otra presencia. Ser sin ti, ser contigo. Quien de verdad te ama, te marca para siempre. El dolor y el amor se entremezclan en forma de huellas. Huellas del alma.

Tú de amor sabías mucho. “El amor no es como un termómetro, no se puede medir”, me dijiste en una de las últimas conversaciones, consolándome. Los que nos acercábamos a ti íbamos aprendiendo una lección magistral sobre el verdadero amor. Nos hacías mejores. Y del dolor también. Tu enfermedad te forjó a más no poder: larga, dura e incapacitante. Si algo experimentaste fue la vulnerabilidad de saberte muy pequeña y débil, dependiente de los demás para poder seguir entre nosotros. Pero nos demostraste el poder de dejarse cuidar, agradeciendo cada servicio, de abandonarse en otras manos, de desprenderse. Y sin dejar nunca de ser presumida y elegante, como eras, nos enseñaste a ser fuertes interiormente. Salió a relucir tu verdadera libertad. La interior. Tu verdadera convicción: La de ser amadísimos por Dios, pase lo que pase, en la vida.

Confiabas en ti misma, en cada persona. Nos enseñaste también a confiar. A ser cada uno nuestra mejor versión. Te volcabas con cada persona: con tu familia, amigas, con los cuidadores, médicos… Para cada uno tenías unas palabras de aliento, una mirada, una canción, escucha sin relojes, o unas buenas risas. Te reías de ti misma. Siempre disfrutaste con un agudo sentido del humor, tu enfermedad, también, te enseñó a no tomarte demasiado en serio. Pero sin dejar de llorar, porque también llorabas y sufrías, y muchas veces lo hacías porque te dolía vernos sufrir. Tenías un corazón enorme: todos cabían.

Cómo eras… qué difícil describirte. Un ser lleno de grandeza en un cuerpo pequeñito. “En el pot petit hi ha la bona confitura”, refrán catalán que me enseñaste de pequeña… Elegante, apasionada, femenina, inquieta, sincera, humilde, amante del buen cine, la música, el glamour y la moda, lectora insaciable, alegre, divertida, inteligente, activa, enérgica, serena, auténtica, sensible, coherente, profunda… amiga de tus amigas, pero, sobre todo, enamorada de tu familia y tu marido… Luis, tu gran amor.

Y bonita providencia. Primero el abuelo, un año más tarde tú. Los dos en noviembre, uno tras otro. Tan grande era vuestra unión, tan sintonizados estabais que hasta en esto de iros al Cielo os guiñasteis un ojo. Os imagino a los dos bailando un Vals, tal vez, el mejor de todos. Paso a paso, sin saltaros ningún movimiento, al ritmo de la música. Cantando y bailando… como tanto os gustaba. Marchosos. Compenetrados. Y pensando en cada uno de nosotros, cuidándonos, mirándonos con un profundo amor. Dos corazones que nos sonríen, ahora desde allí arriba.

Cuántas cosas podemos agradeceros. Infinitas. Gracias abuela, gracias a los dos. Gracias por ser parte de nuestras vidas. Por enseñarnos a amar. Por demostrarnos con vuestra vida que es posible amar sin límites, haciéndonos pequeños, venga lo que venga, confiando. No dejéis de protegernos tan bien como lo hicisteis en la tierra. Besos de parte de todos,

Rocío


Foto: Agosto de 2006.

Deja un comentario