COMO NIÑOS

Últimamente he estado pensando en la sencillez, esa virtud que permite a uno mostrarse tal y como es. Sin tapujos. Sin ostentación ni rebuscamiento. Sin complicación. Desde la verdad. Y todo ello tiene mucho que ver con el despojo de lo que sobra, de lo que impide ser auténtico. Ser sencillo es, en esencia, ser uno mismo, sin ocultar lo que debe mostrarse ni mostrarse de más.

La sencillez se manifiesta de muchos modos, por ejemplo, en el habla, en la escritura y en el vestido y el arreglo personal. Lo presente dice mucho de lo latente, y tras lo que vemos y escuchamos descubrimos más o menos complicación. La sencillez radica en que lo que queremos expresar —con nuestra manera de vestir, hablar o escribir— diga la verdad. Y se relaciona con esa máxima minimalista “menos es más”, pues en muchas ocasiones decir más es complicarse y perder la idea de fondo.

Creo que ser sencillo es difícil y, a veces, aquel dicho norteamericano de “a la parálisis por el análisis” nos aflige a quienes nos dedicamos a la escritura. Nuestros análisis de la realidad son profundos y exhaustivos, tanto que extravían el foco yéndose por las ramas. Como resultado, pierden fuerza. Por ello, la clave del buen escritor es la sencillez: que sus textos digan lo que deben decir con las palabras precisas, buscando la claridad y la comprensión.

Ojalá aprendamos a ser como niños para ganar en sencillez. Ser directos e ir a la esencia. Los niños no tienen miedo de mostrarse tal y como son y, a la vez, son espontáneos en sus análisis de la realidad. No son rebuscados ni ostentan aparentando lo que no son. Buscan la verdad tras sus múltiples preguntas. Juegan con el césped, las flores y las hormigas sabiendo que cada cosa entraña una verdad única que responde a su ser.


Foto: Verano de 2002.

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