Los años avanzan a toda velocidad. Los treinta están a la vuelta de la esquina. Y reconozco que me embriaga una mezcla de emoción, gratitud y algo de vértigo.
Es lógico. Estoy concluyendo una década imbuida de pasión, búsquedas y hallazgos, de descaminos y encuentros; y empezando una nueva que huele a Angel schlesser femme, a la culminación de una Tesis y al emprendimiento de grandes proyectos. Pero intuyo que ese inédito amanecer me invita, sobre todo, a seguir dando vida. Y eso es lo más importante. Lo único que deseo. Por eso, huele a verdad.
Crear vida a mi alrededor. Es el milagro de la existencia: nos han dado la vida para generarla. Y ahí he hallado el propósito único y específico que define mi andar por esta tierra. Treinta vueltas dan para mucho, pero si en algo me he reafirmado es en que si no genero vida, escribiendo, cantando, escuchando, dialogando, sonriendo, perdonando… amando, me desvío del purpose. Y por ello, he concluido que quiero eludir toda forma de ese individualismo con el que nos venden la moto de la felicidad. O al menos, luchar por ello.
He recibido tanto que solo puedo devolver lo que se me ha dado. Y esta vida se pasa rápido. Por eso, no hay esperas que valgan, no quiero procrastinar más. El tiempo oportuno es hoy y ahora. Darme a los demás con la máxima alegría de la que sea capaz, desprendiendo el perfume del amor verdadero.
Confieso que he tardado en llegar, a descubrirlo en toda su fuerza, aunque siempre, paradójicamente, lo haya defendido y vivido. Forma parte del proceso de florecimiento. Porque madurar es, en el fondo, despojarse de las múltiples capas que ocultan ese sentido vital latente. Como me dice la dulce I madurar es llegar hasta el cogollo del ser. Y que solo quede la esencia.
Ahora tras convertir lo vivido en palabras brota el inefable agradecimiento a D, a P y M, y a tantas personas que me dejo en el tintero pero que, sin ellas, no hubiera comprendido ese purpose genuino que me pertenece.




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