Los meses no dejan de acelerarse y ya estamos en abril. Por fin saco un rato para congelar en palabras lo que permanece dentro. Dulce necesidad la de escribir, y más cuando a uno le envuelven las prisas. El escritor necesita calma, observación, silencio. Estar a solas con el mundo, plasmar la vida. Hacer desaparecer el tiempo. En una palabra, serenidad.
Qué necia es la inmediatez. Qué nefasto el ruido. Reconozco que no he podido evitar el aceleramiento. Ni controlar las emociones. Ni poder ni siquiera ponerles nombre. Nos puede este «modus viviendi» de lo rápido e instantáneo, nos arrastra y nos zambulle en un torbellino del que es difícil escapar.
Por eso, me he determinado a parar. Ahora comprendo que estos meses he vivido más pendiente del hacer que del ser y, sumergida en lo urgente, he relegado lo esencial. No es culpa solo de uno. Así está el ambiente, empapado de velocidades malsanas y preocupado por la productividad. Si tus horas no son útiles entonces estás perdiendo el tiempo, nos gritan las voces del trabajo y la sociedad.
Pero no, yo rehúso vivir así. Me niego a quedar atrapada en esos parámetros de la eficiencia y la eficacia. Me he dado cuenta de que solo me conducen a una irreflexiva actividad. Más bien, a un inquieto activismo que no llena mi alma. Bendita inutilidad. Bendito sosiego. Cuanto os he echado de menos.




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