El sabor de lo permanente

Oteando el horizonte diviso el inmenso panorama que me envuelve estos días de descanso: las frondosas montañas, las nubes espumosas y un cielo que cubre la tierra con su sombra y con su luz. Contemplo el paisaje, asombrada por la grandeza de la naturaleza: la montaña me está cautivando lentamente dejando en mí una honda serenidad.

Todo lo que contemplo evoca lo que siempre andamos buscando los seres humanos: paz y quietud. Y el silencio del lugar, la brisa fresca, el cantar del agua, la delicadeza de las flores, la inmovilidad de las piedras, el trinar de los pájaros conducen allí. La paz llega naturalmente, sin perseguirla. Se da al estar aquí y ahora, al atisbar la belleza del paisaje y sus criaturas todas, al acallar los ruidos a los que, por desgracia, nos hemos acostumbrado tan fácilmente los que poblamos grandes ciudades.

Comprendo con claridad que pasamos nuestros días y nuestras noches buscando la paz donde no podemos hallarla: en las respuestas inmediatas, en la rutina ajetreada, haciendo scroll en las redes, en el consumismo exacerbado, y en unas agendas cargadas de planes que hacer, los cuales nos alejan, poco a poco, del ser. Y así me doy cuenta de otra verdad: la montaña nos conecta con quienes somos.

La montaña deja el sabor de lo permanente: nos enseña a desconectar de lo efímero y a concentrarnos en lo esencial. Su inmensidad nos invita a reflexionar sobre la grandeza que nos pertenece; y concluyo que la montaña es una carta que nos recuerda nuestra genuina esencia: somos seres hechos de destellos de Belleza, porque somos imagen de la Belleza con mayúsculas.


Foto: Cerler, agosto 2024

Respuestas a “El sabor de lo permanente”

  1. javiervq

    Muy bien y bellamente expresado. Totalmente de acuerdo. ¡Gracias por esta brizna de belleza, Rocío!

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  2. Rocío Montuenga

    ¡Muchas gracias, Javier! Un abrazo

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