Desde la cima todo se ve con otra perspectiva. Se alcanza la distancia precisa y el paisaje es inmejorable. Pero cada paso andado es necesario para coronarla.
La satisfacción de la meta siempre va precedida de gran esfuerzo, constancia y superación; pero también, de dosis de belleza, contemplación y descanso en el camino. Todo importa y todo cumple su papel para el propio crecimiento. Las flores y las piedras; los riachuelos y el desnivel; la siesta sobre la suave hierba y el agotamiento del final; el verde frondoso y el árido gris; el agua gélida del ibón y la sed del montañero.
Al pico se llega grimpando y jugando con mariposas; con el cansancio y el canto de la cascada como compañeros de viaje. Con la ayuda de una mano amiga que te motiva ante la dificultad de un tramo y te ofrece, a modo sorpresa, una buena onza de chocolate negro antes de bajar.
La vida es eso: una conquista difícil y un dulce reposo. Ambas van de la mano y la dotan de sentido. La montaña… qué elocuente metáfora de la vida.
Foto: Pico Cerler (2407 m)




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