Recién llegada de Roma, he saboreado como nunca el olor a primavera, a incienso y a jazmín italiano. No tengo las palabras precisas para expresar lo vivido esta Semana Santa, pero mi corazón halla una: frescura. La frescura de la renovación del alma, de la vida que renace, de la flor que se abre, del aire que roza las mejillas, del camino que se dibuja limpio y verde. La esperanza del amanecer y la paz del atardecer.
Una Semana Santa que da paso a la Pascua, un tiempo en el que he experimentado cómo el corazón se ensancha, dilatándose de modo nuevo, original y genuino. Pues lo vivido marca, transforma y abre la puerta a la primavera de la vida. Un tiempo de serenidad, un tiempo en el que el alma vuela, como lo hace la mariposa, ligeramente, posándose para descansar sobre lo que ama.
Es la frescura de quien cree, de quien espera, de quien ama. Y como consecuencia, llega la alegría. La sonrisa, entre las sombras de los árboles, lo dice todo sin decir nada, pues sonreír es amar sin palabras. Sobre una bici, pienso en el paso de la muerte a la vida, del Viernes Santo al Domingo de Resurrección, del dolor a la alegría. De la aridez a la brisa, de la oscuridad a la luz.
Es el paso de la fe: del no creer al creer; el paso de la esperanza: del no ver al ver; el paso del amor: del yo al tú. Es el don que se regala, como se abre una rosa en primavera. Es la apertura del alma que ha sido herida y transformada por la belleza del Amor. Entonces, aflora de mis labios, espontáneamente, aquel breve y famoso poema de Juan Ramón Jiménez:
¡No le toques ya más,
que así es la rosa!
Foto: Villa Borghese, Roma (Abril 2025)




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