Como quien baja la calle Muntaner de Barcelona dirigiéndose hacia un café cualquiera en la calle Diagonal, sigo caminando, paso a paso, este tramo de mi vida.
Y descubro dinamismo, movimiento, cambio. Me explico. La vida tiene horas y horas; días y días; y momentos y momentos. A temporadas, los paseos son serenos, lentos y contemplativos; y a otras, son rápidos, con ritmo y no dan pie para el deleite intelectual o estético.
Últimamente he reflexionado sobre esto. La vida no es estática. La vida tiene sus fases, sus procesos, sus tiempos. Y a cada tiempo le corresponde sus cosas. Ya lo dice, muy bien dicho, el libro del Eclesiastés:
«Todo tiene su momento oportuno;
hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:
Tiempo de nacer y tiempo de morir,
tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado,
Tiempo de matar y tiempo de sanar,
tiempo de destruir y tiempo de construir,
Tiempo de llorar y tiempo de reír,
tiempo de estar de luto y tiempo de bailar,
Tiempo de esparcir piedras y tiempo de recogerlas,
tiempo de abrazarse y tiempo de separarse,
Tiempo de buscar y tiempo de desechar,
tiempo de guardar y tiempo de tirar,
Tiempo de rasgar y tiempo de coser,
tiempo de callar y tiempo de hablar,
Tiempo de amar y tiempo de odiar,
tiempo de guerra y tiempo de paz»1.
La vida es como la calle Muntaner: Los domingos está vacía y la atmósfera es tranquila; los lunes hay tráfico y gente con corbata que, apresurada, baja hasta la parada de autobús; y los sábados, las familias pasean, compran, y se sonríen unos a otros, mientras se reponen de lo vivido durante la semana. Pero todos los días tienen algo en común que se repite: el paso del reposo a la alta velocidad, y viceversa. Hay algo compartido que siempre subyace, y eso es el cambio, el movimiento; en una palabra, el tiempo. Porque todo en esta tierra tiene sus tiempos. Todo, sus ritmos. Y es bueno que así sea.
La sabiduría se alcanza, creo, en saber cuándo toca descansar, y cuando ponerse en acción; cuando abrazar, y cuando dejarse abrazar; cuando producir, y cuando dejarse interpelar por la realidad sin hacer nada. Se trata, a fin de cuentas, de escuchar el propio tiempo interior y los tiempos de los demás para acertar con lo que necesitamos y necesitan los demás. Y así, vivir con más verdad, respirando cada cosa a su debido tiempo.
Foto: C/Muntaner, domingo 2 de noviembre de 2025.
- Eclesiastés 3:1-8 ↩︎



Deja un comentario