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Luz

Luz

Hoy ha hecho mucho sol. Y estamos en pleno noviembre. Se agradece. La luz siempre es bienvenida. Esta palabra estos días no ha parado de resonar en mi cabeza. No sé si será gracias a Rosalía, y su pedazo disco «LUX«, que no he dejado de escuchar desde que vio la luz (nunca mejor dicho) este 7 de noviembre; o tal vez porque, cada vez más, en medio del frío de noviembre mi corazón halla tenues y cálidas luces.

Además, las luces de Navidad, aunque pronto, empiezan a refulgir en las calles y los portales. Hoy ya he visto un árbol de Navidad encendido. Y de nuevo, vuelvo a pensar en Rosalía, en mi corazón; pero también, en Dios. Dios es la luz de las luces. Y para eso ha venido al mundo. Para iluminar la oscuridad. Para dar sentido al perdido, al desvalido, al desesperado. Al cansancio, al vacío, al dolor.

Hoy también he ido al cementerio. A rezar por mis abuelos paternos. Ellos, con sus vidas, han dejado una estela de luz a sus hijos y nietos. Y hoy mi sobrino, en medio de los panteones, bajo el sol o bajo la sombra, lo observaba todo. Y en esa mirada, inocente y penetrante, de un niño de seis meses he visto a mis abuelos. He visto cómo su luz sigue brillando en la nueva generación de la familia.

Y he llegado a la conclusión de que esa luz de la que nos hablan las icónicas canciones de la catalana está en lo eterno y en lo temporal; en los corazones y en los adornos navideños; en las almas de mis abuelos y en la mirada del «peque». Y he comprendido que la luz del sol es un reflejo del amor de Dios.


Foto: Cementerio de Sant Gervasi, 16 de noviembre de 2025.