Este verano me ha dado mucho que pensar. En otro post contaré por qué. Una de las reflexiones que he hecho, a raíz de la lectura de El Señor de los Anillos – La Comunidad del Anillo, ha sido la siguiente: me he dado cuenta de hasta qué punto Sam y su amistad con Frodo es una ayuda vital para que Frodo pueda llevar a cabo su misión: destruir el anillo en Mordor. Sam, en todo momento, está ahí, apoyándole, en los buenos y malos momentos, en la luz y la oscuridad del alma, en su camino. No solo está físicamente con Frodo sino que, sobre todo, está a su lado, dentro del corazón. Tanto es así que Sam sabe que Frodo no lo tiene fácil y, porque le conoce y también conoce el poder que ejerce el anillo sobre quien lo posee, sabe que su misión es estar lo más cerca posible de Frodo y, a la vez, dejarle libre para dejar que Frodo siga su camino, «haga su proceso».
Esta reflexión casa a la perfección con esta otra, que es también fruto de la desconexión tan grande que he vivido estos días: qué importante es querer mucho a las personas sin poseerlas, ya que es ahí donde reside el verdadero amor. Dejarles libres, dejar que sigan su camino, dejar que acierten, se equivoquen, se caigan y levanten por sí solos… dejar que sean ellos los protagonistas. Ese respeto a la libertad, sin embargo, no está reñido con el «estar muy cerca» y «el querer con locura» a los demás. Sino que cuando se ama de verdad a otra persona, ante todo, se desea su bien, y ese desear su bien pasa necesariamente por dejarle libre, darle espacio y tiempo para que crezca y sea su mejor versión. Y esa libertad se da, a la vez, con el caminar junto al otro, como Sam hace con Frodo.
Siguiendo con la referencia al Señor de los Anillos, Gollum, en cambio, desea poseer el anillo y su felicidad, cree, que depende de tener «el tesoro», como él lo llama. La posesión es contraria al amor, y por ende, a la amistad que es un tipo de amor. La posesión nos hace más egoístas, y nos descentra porque el centro lo ponemos en el yo, en que esa persona sea para mí, en «tenerla» porque, al fin y al cabo, me da seguridad, afecto, estabilidad. Y finalmente, me creo tan necesario para el otro que le ahogo, no le doy espacio y le impido ser feliz de verdad porque mi excesiva dependencia obstaculiza su crecimiento.
Carolina ha sido como Sam. A tan solo una semana de su boda, y dos de mi marcha a Milán, nuestros caminos parecen separarse. Y las dos hemos aprendido a querer, a ser muy amigas, a estar siempre al lado la una de la otra, pues la tesis nos ha unido tanto que somos un poco como Sam y Frodo, inseparables. Un pack que caminamos hacia Bree, Rivendell, Mordor… juntas… mano a mano hacia la meta. Pero si algo hemos aprendido juntas, tras muchas conversaciones, ha sido esto: sabemos amar libremente, sin poseer al otro, queriéndole mucho pero queriéndole bien, siendo conscientes de que el amor es crear lazos; y esos lazos nos hacen dependientes para siempre, sin que nos impidan amar con libertad buscando el bien del otro.
Carolina ha sido ese apoyo en mi misión y se que lo seguirá siendo, aunque ahora nuestra vida cambie. Sé que sin su compañía, consuelo, amistad y ayuda no hubiera llegado tan lejos. Y ella, tal vez, vea también en mi ese Sam que yo veo en ella. Ser Sam para nuestros amigos, seres queridos, sea tal vez todo un programa de vida, pues nunca vamos solos a la meta, sea la que sea. Siempre andamos con gente que nos acompaña en el camino de la vida, y sin ellos, nuestra misión sería imposible porque, al fin y al cabo, necesitamos el amor de los demás.
Gracias, Carol, por enseñarme a amar mejor a los demás de modo cada vez más desprendido, dejando al ser amado libre, respetándole, y dejándole espacio pues el amor, ante todo, es ejercer la libertad, querer el verdadero bien del otro.





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